Archivo mensual: Mayo 2006

Hijos de la democracia

hijos de la democracia

Creo que fue mi generación la que marcó el “no estoy ni ahí” como emblema de vida. Los adolecentes de principio de los 90.

En mi época escolar era tan “gil” que mi postura política se limitaba a aborrecer a Pinochet. Y no logro recordar si tenía algún juicio sobre la educación en Chile, la PAA (predecesora de la PSU) o las políticas publicas en general o en particular.

En el colegio lo que nos enseñaban en Educación Cívica nos lo quitaban ahogando cualquier tipo de iniciativa estudiantil “extra programática”. Opero algún centro de alumnos pero nunca hubo elecciones. Básicamente era un montaje de la dirección del colegio para gestionar carretes “sanos” y mantener a los mas políticamente inquietos entretenidos en algo.

Ahora veo a estos niños y me dan ganas de ser uno de ellos. Me contagian con su lucha aunque no estoy de acuerdo con todas sus demandas. Lo importante es luchar por lo que crees. Luchar por algo.

Tienen tanta fuerza que lograron cambiar la agenda de gobierno. Tienen la simpatía de la ciudadanía y la atención de los políticos y de la prensa. Y ninguno de ellos ha de tener mas de 18 años.

Increíble, cuando menos nos lo esperábamos, un grupo de niños nos remese y nos hace pensar en nuestros derechos y obligaciones. En la organización ciudadana, en los gremios, asociaciones de consumidores y vecinales. En aquello que precisamente los chilenos le tenemos algo de aversión después de una dictadura que aplastó y pulverizó al ciudadano.

“Hijos de la democracia” oí que les decían.

¿No te suena a insulto?

Foto vía La Tercera.

El monstruo

A mis 19 años conocí a una linda chica con la que al poco tiempo trabamos un romance bastante serio para lo que estaba acostumbrado por aquella época. Ella era encantadora, muy atractiva, inteligente, simpática, con mucho ángel. Me gustaba bastante y lo cierto es que por aquellos años necesitaba experimentar algo más de seriedad.

Llevábamos algo más de dos semanas saliendo, y me pidió que la fuera a buscar a su casa para salir juntos. Conocía bien donde vivía, pero nunca había ido. Días antes me confidenció que por pudor o miedo jamás le había presentado un pololo (novio) a sus viejos (padres). Me contaba que su papá era bastante tradicionalista y autoritario, y me relató la vez en que golpeó a un muchacho porque pensó que la había besado. ¬¬’

Incroyable HulkEn resumen, la imágen que me dibujó de aquel hombre era la de un monstruo. Celoso, violento, machista y el consentido de la casa (eran tres hermanas, la madre y él, el único hombre de la casa). Y quizás que otros males pasaban por mi cabeza. Bueno, mi imaginación también ayudó a exagerar la figura que finalmente se convirtió en algo muy parecido a lo que revela la imágen de la derecha.

Confieso que con estos antecedentes me daba un poco de miedo aparecerme por su casa. O sea, trenzarme a golpes con el tipo sería un impedimento para el normal desarrollo de nuestra incipiente relación.

Pero aquella tarde estaría sola en casa. Era llegar, tocar el timbre, esperar a que salga y largarnos. No había posibilidad de que papá me golpeara, porque jamás me vería. Así que llegué, toque el timbre, ella se asomó por la puerta y me hizo pasar. Entre a la casa, nos saludamos y me hizo tomar asiento mientras se terminaba de arreglar he iniciamos una de esas típicas conversaciones a gritos mientras ella entraba y salía del baño a su pieza y de su pieza al baño.

En el ir y venir, mira por la ventana a la calle, se concentra y al segundo una mueca desfigura su rostro.

Era miedo.

El silencio se rompe con un lúgubre “Llego mi papá”. Me di la vuelta y miré por la ventana. Tras la reja se estacionaba un auto con toda la familia dentro: mamá, hermanas menores y el monstruo. Mi cara también debe haberse desfigurado.

De pronto ella grita: “Rápido, a la cocina!”. Instintivamente me arrojó al suelo para no ser visto desde la calle, y a punta y codo me arrastré por el living, pase por el comedor y me interné en la cocina, momentáneamente a salvo de miradas monstruosas.

Continuar leyendo

También muestro mi desktop

WinXP, ObjectDock y Widget

Navegando por ahí me he topado con algunas comunidades donde el objetivo es compartir imágenes de sus desktops.

Si no sabes, el desktop es el escritorio de tu computador… no, no el que lo sostiene, te hablo del que está dentro del computador. Si no entiendes ve la imágen de mas arriba y quizas se te haga mas fácil.

Wikipedia lo define así:

Un entorno de escritorio (en inglés, Desktop Environment) es un conjunto de software para ofrecer al usuario de un ordenador un ambiente amigable y cómodo.

Para quienes trabajamos todo el día entre el teclado y el asiento, nuestro desktop es un espacio tan íntimo como nuestra casa, nuestra cama o nuestro dormitorio.

Mostrar una foto así, es evidenciarte como persona, mostrarte al mundo, tus gustos, tus obsesiones, fantasías, habilidades, etc…

Bueno, si, lo admito. Estoy exagerando un poco… pero ni tanto.

El tema es que tu desktop es donde trabajas y te diviertes. Un desktop amigable facilita el trabajo y las largas jornadas que pasas frente a el.

Y este es el mío. Ese de mas arriba. Ahí te lo muestro.

Todas iban a ser reinas…

CenicientaDesde siempre intentamos criar a nuestras hijas alejadas de aquellos símbolos “imperialistas yankies”. No se trata de inculcar odios, simplemente no las llevamos a McDonnalds y esas cosas. Evitamos exponerlas a aquellas influencias.

Consecuentemente, también hemos evitado las películas clásicas de Disney. Porque no están dentro de nuestra visión del rol de la mujer, y toda esa paja del príncipe azul y la tontorrona esperándolo. Ya muchos han hablado de aquello, de como crecimos con estos cánones y patrones conductuales denigrantes para la mujer y exigentes para el hombre (si es que alguno se – o al menos intentó – poner la chapa de príncipe azul que no fuera salvo para la tarea de conquista).

Y eso iba bien.

Martina no suscribe dichos cánones. No tiene Barbies, no pide ir al McDonnal’s, no le interesan las tonteras del ratón mamón Mickey, etc. Y es una niña feliz. Y a Emilia pensamos llevarla por el mismo camino.

Bueno, y todo iba bien hasta que en el cable comenzaron a transmitir el Disney Channel dentro de la programación base. Lo cierto es que hemos visto varias películas buenas y seriales muy entretenidas, como Toy Story o mi serie favorita, Little Einsteins.

Pero también transmiten de lo otro… princesitas desdichadas y principitos hediondos a feromonas quinceañeras.

Hace solo unas horas, vio el final de La Cenicienta, solo el final, los últimos 15 minutos. Y le gustó. Los ratoncitos robándole la llave a la malvada Madrastra mientras los pajes reales intentan calzarles la zapatilla de cristal a las estúpidas hermanastras. Le gustó, se quedo mirando con atención y se sonreía, y comentaba que el gato se portaba mal con el ratoncito y que el perro asustó al gato.

Y le gustó, y yo la miraba con una tremenda impotencia… y bueno. Debo acertarlo. Ella también quiere dentro de su inmensa inocencia, ser princesa. Y algún día querrá a su príncipe azul. Al que de seguro le haré la vida imposible, pero ella lo querrá igual. Y Emilia querrá al suyo. Al que de seguro también le haré la vida insoportable.

Ya terminando el “clásico animado” y yo aceptando mi (nuestra) trágica derrota, los recién casados se suben a su carruaje y huyen de la muchedumbre que los vitorea, como en aquellos cuentos: “y vivieron felices para siempre”.

Y en eso Martina hace su comentario final, el que me libera de aquella desagradable presión en el pecho: “Se van al pantano papá!”.

Y por fin reí. Me volvió la esperanza!

Gracias Shrek!!