Archivo mensual: Febrero 2007

Des-Vergüenzas

tomateDe niño fui bastante tímido y vergonzoso, es decir, de sonrojarme fácil y muy en especial frente al sexo opuesto.

Con los años descubrí mi potencial y la vergüenza pasó, pero aún recuerdo aquellos días en que miraba desde lejos a las féminas que me atraían y si me devolvían la mirada, agachaba la cabeza para ocultar la cara de tomate.

En estos casos el punto de inflexión generalmente está dado por una experiencia traumática. Al menos fue mi caso. Bueno, no fue tan traumática después de todo.

Habré tenido unos 12 o 13 años.

Como era mi costumbre, salí temprano de casa y luego de arrastrar a mi hermano a su colegio (que por suerte quedaba a una cuadra de mi casa), me dirigí al paradero. En él un grupo de personas esperaban locomoción, y entre ellas tres escolares de tercero o cuarto medio, todos vecinos mios los que si bien jamás me habían hablado, los solía ver diariamente. Eran dos hombres y una mujer.

De los hombres no recuerdo nada, pero de ella si. Alta (mucho mas alta que yo), morena de pelo y ojos negro azabache. Piernas bien contorneadas y unos pechos dignos de… como decirlo para que no suene pederasta… una niña con mucho futuro (niña lo digo ahora, en aquel entonces para mi era un mujerón).

Cuando llego, uno de los muchachos hace un comentario al resto mientras me mira con una sonrisa burlona, los otros dos (mujerón incluida) dan la vuelta, me miran de pies a cabeza y se concentran en la zona media. En mi zona media. Ambos imitan la sonrisa del primero y ella, mi juvenil musa (una de muchas por aquel entonces, si, tímido y promiscuo en mis fetiches, buena combinación), me mira directo a los ojos sin cambiar su humilladora expresión. Logro mantener la mirada fija en sus ojos 1 o 2 segundos y la vergüenza me gana.

Me doy la vuelta intentando disimular el rubor de mis mejillas, y entre el cumulo de emociones y pensamientos confusos me reviso la zona en cuestión y con horror descubro el porque de la burla.

No solo traía el cierre abajo, si no que además (bien) enfundadas en un inmáculo slip colgaban fuera del cobijo del pantalón todas mis virginales presas que ya por aquella época y aún perteneciendo a un inocente adolescente, evidenciaban en su gran tamaño toda mi virilidad.

Rápidamente volví a enfundar todo aquello dentro de mis pantalones, y con un simple pensamiento: “peor que esto nada me puede pasar”, me dí la vuelta y volví a mirar a los tres escolares, mejor dicho, volví a mirarla .

Pero estaba de espaldas, y no volvió a darse vuelta. Subió a su micro y se marchó.

Y seguí pensando lo mismo durante largo tiempo: “peor que esto nada me puede pasar”, y poco a poco fui superando la timidez, y me pasaron cosas mas vergonzosas aún, como a todos ¿no?, pero ya había adquirido ciertas herramientas pasa superarlas.

Mas que herramienta, es una receta y ya la leíste: Sacar a pasear tus presas por el barrio bien temprano por la mañana. Que tomen aire puro. Y asegurate que alguna niña linda te las mire.

Con eso de seguro te salvarás de un vida llena de complicaciones. Bueno, siempre y cuando aún seas un púber.