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Una lectora difícil de satisfacer

Matilda, de Roald Dahl
Matilda, de Roald Dahl

Julieta se la ha pasado en cama este invierno con resfríos en distintas de sus variedades. Este debe ser su cuarto o quinto episodio del año, así que me tiene preocupado no solo la fragilidad de su cuerpecito para enfrentar los cuadros respiratorios, si no también su ejercicio intelectual. Y es que en este contexto, cualquier niño/a de 8 años se la puede pasar viendo televisión y en especial, canales de estos influencers en Youtube. En lo personal, detesto a prácticamente todos los que ve, solo salvaría unos pocos pero en pequeñas dosis. No me quiero extender en esto pues da para tesis de algún doctorado en sociología.

La cosa es que le he/hemos ido restringiendo horarios para ver televisión y youtube, por lo que en este nueva pasada por cama, le he planteado que lea algunos libros nuevos, pues los de casa ya los leyó todos y varios en más de una oportunidad.

Me di a la tarea de descargar un par para que leyera en mi Kindle, pasé el primero y se lo entregué. No habían pasado 10 minutos y me dice:

  • Listo. Se acabó.
  • ¿Qué se acabó?
  • El libro… ya lo leí.
  • Pero cómo? déjame ver. – tomé el Kindle y efectivamente ya lo había terminado.

Eran pocas páginas pero no esperaba que se lo engullera tan rápido. Así que le cargué el otro, esta vez a sabiendas de que es más extenso.

  • Toma, lee este ahora.
  • Cual? Matilda? aaaaa… si, ya lo leí.
  • ¿Como que ya lo leíste? donde?!
  • Ya lo leí papá. Y también vi la película.
  • Bueno, ¿y te gustó?
  • Si, es muy entretenido.
  • Pues porque no lo lees de nuevo?
  • Ok.

Y ahí está… leyendo.

Así que si tienes recomendaciones de literatura para prepuberes habidos de literatura, los agradeceremos muchísimo.

Maltrato animal

Julieta y Mako
Julieta y Mako

Adoptamos una cachorra nueva de poco menos de 2 meses de edad, la que duerme dentro de casa, incluso sobre las camas, y hace caca y pichí en dónde se le planta en gana.

Todas mis mañanas comienzan recogiendo 3 o 4 mojones que adornan pasillo, dormitorios y living comedor.

Hemos probado con esos pañales de papel-tela que se ponen en el piso y gotas de entrenamiento pero nada funciona. Ya bastante podrido con los problemas de salubridad, comencé con estrategias de la vieja escuela, algo que algún siútico catalogaría de conductivismo pero que en el fondo no es más que la vieja reprimenda, el castigo ante conductas no aceptadas.

Lo primero fue sacarla al patio. Esto obviamente no le gustó nada a la cachorra que se puso a llorar y a rasgar el ventanal, y la mal entendida piedad de las féminas de esta casa – es que hace tanto frío, es que quiere apapachos, es que… es que – , la entraron a los 20 minutos. Ojo, por la perra no solo intercedía Julieta – que era la única niña en casa en ese momento -, también la adulta quien terminó dejándola entrar y metiéndola en su cama.

En fin, la perra siguió con su conducta hasta que simplemente me hartó. Se meó en medio del pasillo, se sentó sobre el meado y luego con sus patitas peludas esparció orines por todas partes.

Así que la tomé, la llevé al charco, le puse la nariz sobre el líquido amarillo y le dí una palmada en las ancas mientras le decía con voz autoritaria – como él macho alfa lomo plateado que soy – “NO”.

La cachorra se asustó, chilló y lloró.

-Papá!!! – grita Julieta desde uno de los dormitorios, con una profunda indignación, tanta que sus ojos se llenaron de lagrimas.

Yo seguí retando a Mako, pero ya la había liberado del yugo opresor del lomo plateado.

-Papá!, no puedes pegarle a la Mako, yo te ví, eso está mal, es maltrato animal! voy a llamar a los carabineros!! – me gritaba Julieta indignada desde la habitación, envuelta en la más profunda pena de que su papá aplicara violencia en contra de un ser tan indefenso como su Mako.

Y nada… no llamó a los pacos, Pamela, Emilia y yo tuvimos que explicarle que solo le había dado una palmada y que seguramente ya ni se acordaba, pero ninguna de estas explicaciones resultó suficiente para ella, obstinada como es, seguramente no me la perdone en mucho tiempo.

Decepción

Renuevo mi soundtruck cada pocos meses. Voy sumando y restando canciones dependiendo de lo que descubro, de lo que prefiero olvidar y de lo que añoro.

El último tiempo escucho mucho a Tom Waits, un viejo actor y cantante de blues, que con una voz grave, desgastada y rasposa evoca muy bien mi estado de ánimo.

Y es que esta parte del año ha tenido mucho de Bukowski, con menos alcohol y drogas duras, pero sí con mucho de decepción, decadencia y algo de patetismo.

Como buena sátira negra, la mía comienza con una decepción – como titula esta nota y como seguirás leyendo en toda su extensión – de carácter amoroso, de donde salgo sintiéndome como todo un estúpido. Y es que el nivel de las excusas que me inventó, lejos de hacerme sentir mejor, es decir, muy lejos de eso, solo podían ofenderme. Detesto cuando intentan ser condescendientes.  Lo coronó con una especie de reflexión en voz alta: “es que tú eres un ser muy evolucionado, y yo soy una neandertal”. Que por muy cierto que sea (y por dios que sí lo es), que sea parte del speech para terminarte es demasiado para mí.

Poco después (aunque este caldo se cocía a fuego lento desde larga data), me sumerjo en el mar de las decepciones del ámbito laboral. Éstas son las menos interesantes de relatar por lo que no profundizaré en ellas. Pero resumiendo un proceso que seguramente aún no termina, fue duro darme cuenta de los techos que tengo y que estos son sistémicos, no míos, pues si los fuesen, podría trabajar en ellos.

Rematando el año caigo en cuenta de cómo un par de viejos amigos, uno muy cercano, se aprovecharon del cariño que les tenía -note el verbo en pasado – para ganar unas pocas lucas en el menos, y para escalar posiciones en el más. Y este fue quizás lo que más me ha dolido este año, porque confié en mi gran amigo, creí que haría su mejor esfuerzo pero en la práctica, en el contraste con la realidad, el tipo se portó horrible no solo conmigo, sino con el equipo que he logrado formar en el trabajo. Nuevamente me he sentido un gran estúpido.

Quizás los años me han vuelto un hombre más confiado e iluso. Quizás porque estoy más sentimental y trato de demostrar mis afectos, cosa que algunos toman como debilidad. Quizás se me arregló el radar de canallas y ahora los detecto.

No sé.

Sí creo que Tom Waits me seguirá acompañando un rato, mientras respondo mis preguntas y me recupero de eso que te puede calar el alma. La profunda decepción.

Lay your head where my heart used to be
Hold the earth above me
Lay down in the green grass
Remember when you loved me

Come closer don’t be shy
Stand beneath a rainy sky
The moon is over the rise
Think of me as a train goes by

Clear the thistles and brambles
Whistle ‘Didn’t He Ramble’
Now there’s a bubble of me
And it’s floating in thee

Stand in the shade of me
Things are now made of me
The weather vane will say…
It smells like rain today

God took the stars and he tossed ’em
Can’t tell the birds from the blossoms
You’ll never be free of me
He’ll make a tree from me

Don’t say good bye to me
Describe the sky to me
And if the sky falls, mark my words
We’ll catch mocking birds

Lay your head where my heart used to be
Hold the earth above me
Lay down in the green grass
Remember when you loved me

Para Martina


Esta historia ya te la he contado… como a quien ha estado dispuesto a oírla. Y es que la tengo clavada en la memoria. Quizás más que otros grandes e importantes momentos de mi vida. Tal vez por lo que se vino después. Porque fue de esos momentos que luego te cambian la vida. Porque hay un antes y un después.

Pues nada volvió a ser igual.

Comienzo a escribir estas líneas justo 14 años después de haber ocurrido. Minutos incluidos. Era el día anterior. Caminábamos tu madre y yo por el centro comercial donde se emplazaba – no sé si aún existe – la clínica en que nos atendía el obstetra. Nos había dicho que ya estábamos en trabajo de parto, y que podía tardar uno o dos días para estar del todo lista.

Caminábamos lento, tomados del brazo. Con expectación y tanto amor en nuestros corazones. De ese tan grande que dejábamos que el silencio nos dominara. De pronto tu mamá se detiene, posa la mano sobre su panza gigante y deja que la contracción le remueva un poco el cuerpo. La gente nos mira y alguno se acerca para preguntarle si estaba bien. A mí me ignora completamente, como si yo no estuviese sintiendo esa contracción, como si no fueras tan mía como de ella. Como si no fuera mi hija quien nos avisa que ya llega.

Tu mamá ya no puede manejar (creo que el cinturón de seguridad ya no le cruza), y yo no puedo ir a dejarla porque entre casa y mi trabajo, tardo hora y media. Así que la mandé en taxi y yo volví a la oficina – nunca verás a tu madre tan dócil y obediente como aquella tarde -.

Llevo dos minutos frente al teclado, ya en la oficina, cuando tu mamá me dice por el teléfono que las contracciones son más intensas. Estamos tan nerviosos, pero a la vez tan tranquilos.

No quiero que siga más sola en casa, de pensar en su carita y en todas esas emociones que le salpicaban el rostro decido irme de inmediato. Pero una hora y media es mucho tiempo, así que llamo a mi mamá y le pido que la acompañe mientras yo llego.

Nada más cruzar la puerta veo a tu mamá remecida con otra contracción. Preparamos una tina de agua caliente donde se dio un baño largo y tranquilo, comimos ligero, conversamos poco. Oímos música suave. No recuerdo que encendiéramos la tele, no queríamos extraños ahí. Quizás porque ambos deseábamos grabar cada minuto en nuestra memoria.

Ya de noche, llamamos a la matrona por asesoría. ¿Debíamos partir? Nos dijo que esperáramos un poco más, que estaba de turno y que salía temprano por la mañana. Espérenme, nos dijo.

A las 3am las contracciones eran cada 3 minutos, así que le dije nos vamos.

Tomamos la maleta que aguardaba frente a la puerta, nos subimos al auto y en media hora estábamos en la clínica. Comúnmente tardaría más de una hora, pero el espacio/tiempo se contrae a las 3am y cuando tu papá necesita llevar a una de sus hijas al doctor.

Nos despedimos de tu abuela (que iba casi tan emocionada como nosotros) en el hall de la clínica y entramos para hacer un chequeo rápido. Contracciones cada 2 minutos y suficientes centímetros de dilatación para que salieras por puerta ancha – tu mamá se va a enojar si lee esta analogía -. Nos abrazamos. Nos dijimos el amor que sentía el uno por el otro, y por ti. Dejamos que el obstetra intrusiara por donde después saldrías, y afinara los últimos detalles.

Me hicieron cambiar de ropa, tomé la cámara y entré tras tu mamá, que iba en una camilla, con tanto miedo como yo. No. Miedo es poco. Teníamos pánico. Nos enfrentábamos a algo tan de grandes, y nosotros éramos tan niños. Tan inocentes. ¡Nos bastaba el amor y poco más!

A tu mamá le dijeron que pujara. ¡Puja! le dijo el obstetra. ¡Puja! le dijo el anestesiólogo. ¡Puja! dijo la matrona de reemplazo porque la otra tenía turno.

Tu mamá me apretaba la mano con cada esfuerzo que hacía. Y yo le decía que iba todo bien, que faltaba muy poco. Que la amaba. Que te amaba. Que todo iba muy bien. Aún recuerdo los sonidos de esa sala de parto. Todos y cada uno de ellos. La respiración agitada de tu mamá, las conversaciones de los médicos, el roce de la piel de las manos. Mi corazón dando golpes contra el pecho.

Y todo transcurría como en cámara lenta.

No pasaron 5 minutos (¿o media hora?) y el doctor nos muestra una masa de carne rojiza, con delgados rollitos de piel, contraída y muy húmeda. Esa eras tú. Como te amé ese día, es como te sigo amando hoy. Con locura. Auténtica locura.

Te acercaron a mamá. Llorabas. Lloraba. Lloraba del esfuerzo. Lloraba del dolor. Lloraba de amor. Y yo lloraba con ustedes. Te acompañé a un rincón donde te dieron tu primera inyección, te tomaron medidas y el peso. Te hicieron unos pequeños exámenes y dijeron que todo estaba bien contigo. Las manos ágiles de la pediatra te envolvieron en un paño verde desgastado y me dijeron que podía tomarte si quería. Si me atrevía.

¿Que no me voy a atrever? Mierda, si es mi hija. Por ella me enfrentaría a lo que fuera.

Te tomé entre mis brazos y dejaste de llorar. Te llevé con mamá nuevamente. Se besaron, se hablaron. Sabías que ella era tu mamá, con la misma certeza de que yo era una especie de enviado especial de confianza de la jefa.

Son poco más de las 5am y alguna enfermera me pregunta si podía acercarme a un ventanal, que los abuelos esperan para verte. Camino seguro y confiado contigo en mis brazos. Ya nada puede detenernos.

Detrás del vidrio están los cuatro. Alguno algo despeinado, pero todos embobados con la visión de su primera nieta. Sus caras eran de asombro. Te hablaron, pero nosotros no les oímos. Con el tiempo dirán que los miraste uno a uno. ¿Lo sabes, no?

En fin. Así naciste hija. Lo que vino después, fue menos decoroso. Muchos llantos, muchas noches sin dormir, mucha caca y un largo aprendizaje. Ser padres no es fácil, tennos paciencia. Hago lo que creo que es mejor, y si, sé que a veces me equivoco. Pero tienes que saber y nunca olvidar, que abro los ojos en la mañana por ti. Me levanto por ti y vivo por ti.

Y si alguna de tus hermanas algún día lee esto. Si, mensota. Por ti también lo hago, y ya te contaré de nuevo tu historia cuando cumplas los 14.

Papá.

No soy feliz

No lo soy.
No lo soy. No soy feliz. No me gusta mi vida. Está muy por bajo mis expectativas.

No soy feliz porque llevo 10 años luchando por un sueño que me resulta tan esquivo que en más de una oportunidad he querido tirar la toalla. He querido y lo he hecho. La he tirado. Descanso. Me lavo la cara, me sueno los mocos y sacudo el polvo de la batalla. Pero siempre termino recogiéndola y regresando a la lucha.

No soy feliz porque no siento que mis hijas sean felices, y si hay alguien que un padre considere que merece la felicidad, son sus hijos. No las veo felices, quizás, porque ven que yo no lo soy. Maldito circulo de causas y efectos. ¿Porque no les dejas ser como tienen que ser? ¿Que culpa tienen ellas de mis errores y aciertos?

No soy feliz porque veo la injusticia, la miseria, el odio y la ignorancia que nos domina. Y me siento impotente, y peor aún, me siento complice cuando me fallan las fuerzas para plantarle cara. Y últimamente, las fuerzas son lo que más escasea.

No soy feliz porque aquello que defino como básico en mi vida, no logro proveérmelo. No hablo de cuestiones materiales, no. No hablo de otras personas. Tampoco. Hablo de mi lucha constante – de seguro no soy el único embarcado en esta lucha – en ser la persona que quiero ser. Aquella persona que siendo un niño visualicé y me inspiró. Aquella persona que está dentro de mi, y que no logro sacar de su escondite.

No soy feliz porque el hecho de no serlo, no me provoca pena. Me provoca rabia. Y la rabia es peor que la pena.

El Nido

Pollos

Pollos

No se si yo soy el raro o le pasará a otros, pero desde la perspectiva del hombre y del padre, me nace la necesidad desde la guata de darles a mis hijas un hogar. No me basta con verlas cada 15 días. No basta con visitarlas todos los días en casa de su mamá. No basta con llevarlas a pasear o ir de visita donde la abuela. No logro sentirme cómodo ni conforme en mi rol de papá, de educador, de guía en su niñez y soporte en sus vidas adultas. No basta con limitarme a ser un visitante malcriador o una especie de anexo a su vida con su madre.

Será que nunca sentí que tuve un hogar cuando niño, por mucho que mi viejita se esforzara en intentar dármelo. Será que la ausencia de mi padre marcó tan internamente lo que yo no quería ser cuando me tocara el turno. Será que las amo con tal intensidad que no ser parte de sus vidas activamente, en las buenas y en las malas, en el cariño y el reto. Será que no me logro limitar a contarles que me equivoco a diario, si no que necesito que sean testigos presenciales, y victimas de mis errores, que lo sientan como parte de lo que soy y de lo que somos.

No logro conformarme con lo que el destino me enrostra.

La porfía es parte de mi. Y me debato con el destino cuando no es lo que quiero, pero lo reto y me le enfrento cuando no es lo que quiero para mis hijas. No permitiré que ellas por ningún segundo siquiera, piensen que las he abandonado, que he tirado la toalla o que me he rendido con ellas, con sus vidas, con su crecimiento, sus problemas, tropiezos y lagrimas. No quiero que piensen que me fui para rehacer mi vida, porque lo que hice no solo pasa por eso. Me fui porque quiero ser el padre y el hombre que ellas necesitan. Y ese camino a ratos tortuoso me esta llevando a lugares que no quiero ir. Me lleva a lugares que me alejan de ellas, de sus historias y de lo que necesitan realmente: Un papá que le gane a la vida, por ellas.

Alguien me dijo el otro día ese repulsivo cliché de que “lo que importa no es la cantidad, es la calidad de las horas que pasas con ellas”. Me impresiona como la gente se miente a si misma para lograr cierta paz. Para conformarse y quedarse en ese lugar cómodo que es la mentira y la ignorancia.

Lo importante no es ni la cantidad ni la calidad. Lo importante es estar, a toda prueba, a todo suceso. Lo importante es estar siempre con ellas y para ellas. En los momentos importantes y en los que son para el olvido. Guiando, enderezando y enchuecando, conversando, discutiendo, jugando, estudiando, llorando, riendo. Viviendo.

Ese es el padre que quiero ser. Ese es mi trabajo, el único por el cual me mido.

¿Porque habría de conformarme con menos? ¿Porque habría de rendirme ante todas estas señales que me llevan a un lugar, a una situación, que no quiero?

Se lo debo a ellas. Me lo debo a mi.

Dormir… que delicia es dormir

Mi primer fin de semana de “hombre separado” y sin niñas, me arranqué a Valparaiso a visitar viejos amigos.

Mi segundo fin de semana de “hombre separado”, tuve actividades escolares todo el sábado, y con Pamela fuera de Santiago no fue un fin de semana al que podamos definir como de “hombre separado”.

Así que mi tercer fin de semana de “hombre separado”, hice planes para un “hombre separado”. Agendé una tarde de actividades que venía aplazando hace mucho, y por la noche quedé con una vieja y querida amiga con quien no nos vemos hace varios años.

No sé bien que pasó, pero nada funcionó como lo planeé.

El sábado desperté cerca de las 12pm (4 horas mas de sueño de lo que mi cuerpo acostumbra), y me sentía pésimo, dolor de cabeza, garganta apretada, tos, etc. Tras un almuerzo ligero, me escabullí para dormir una larga siesta de la que desperé pasadas las 9pm. Aún me sentía pésimo, así que llamé a mi amiga y me disculpé.

Esa noche me dormí pasadas las 12, y volví a despertar, al igual que el día anterior, 12 horas después. Pero esta ves me sentía mejor!!

Dormí más de 30 horas este fin de semana. Había olvidado completamente como el cuerpo, la mente y el espíritu te agradece algo así.

Hoy me siento la raja.