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No soy feliz

No lo soy.
No lo soy. No soy feliz. No me gusta mi vida. Está muy por bajo mis expectativas.

No soy feliz porque llevo 10 años luchando por un sueño que me resulta tan esquivo que en más de una oportunidad he querido tirar la toalla. He querido y lo he hecho. La he tirado. Descanso. Me lavo la cara, me sueno los mocos y sacudo el polvo de la batalla. Pero siempre termino recogiéndola y regresando a la lucha.

No soy feliz porque no siento que mis hijas sean felices, y si hay alguien que un padre considere que merece la felicidad, son sus hijos. No las veo felices, quizás, porque ven que yo no lo soy. Maldito circulo de causas y efectos. ¿Porque no les dejas ser como tienen que ser? ¿Que culpa tienen ellas de mis errores y aciertos?

No soy feliz porque veo la injusticia, la miseria, el odio y la ignorancia que nos domina. Y me siento impotente, y peor aún, me siento complice cuando me fallan las fuerzas para plantarle cara. Y últimamente, las fuerzas son lo que más escasea.

No soy feliz porque aquello que defino como básico en mi vida, no logro proveérmelo. No hablo de cuestiones materiales, no. No hablo de otras personas. Tampoco. Hablo de mi lucha constante – de seguro no soy el único embarcado en esta lucha – en ser la persona que quiero ser. Aquella persona que siendo un niño visualicé y me inspiró. Aquella persona que está dentro de mi, y que no logro sacar de su escondite.

No soy feliz porque el hecho de no serlo, no me provoca pena. Me provoca rabia. Y la rabia es peor que la pena.

El Nido

Pollos

Pollos

No se si yo soy el raro o le pasará a otros, pero desde la perspectiva del hombre y del padre, me nace la necesidad desde la guata de darles a mis hijas un hogar. No me basta con verlas cada 15 días. No basta con visitarlas todos los días en casa de su mamá. No basta con llevarlas a pasear o ir de visita donde la abuela. No logro sentirme cómodo ni conforme en mi rol de papá, de educador, de guía en su niñez y soporte en sus vidas adultas. No basta con limitarme a ser un visitante malcriador o una especie de anexo a su vida con su madre.

Será que nunca sentí que tuve un hogar cuando niño, por mucho que mi viejita se esforzara en intentar dármelo. Será que la ausencia de mi padre marcó tan internamente lo que yo no quería ser cuando me tocara el turno. Será que las amo con tal intensidad que no ser parte de sus vidas activamente, en las buenas y en las malas, en el cariño y el reto. Será que no me logro limitar a contarles que me equivoco a diario, si no que necesito que sean testigos presenciales, y victimas de mis errores, que lo sientan como parte de lo que soy y de lo que somos.

No logro conformarme con lo que el destino me enrostra.

La porfía es parte de mi. Y me debato con el destino cuando no es lo que quiero, pero lo reto y me le enfrento cuando no es lo que quiero para mis hijas. No permitiré que ellas por ningún segundo siquiera, piensen que las he abandonado, que he tirado la toalla o que me he rendido con ellas, con sus vidas, con su crecimiento, sus problemas, tropiezos y lagrimas. No quiero que piensen que me fui para rehacer mi vida, porque lo que hice no solo pasa por eso. Me fui porque quiero ser el padre y el hombre que ellas necesitan. Y ese camino a ratos tortuoso me esta llevando a lugares que no quiero ir. Me lleva a lugares que me alejan de ellas, de sus historias y de lo que necesitan realmente: Un papá que le gane a la vida, por ellas.

Alguien me dijo el otro día ese repulsivo cliché de que “lo que importa no es la cantidad, es la calidad de las horas que pasas con ellas”. Me impresiona como la gente se miente a si misma para lograr cierta paz. Para conformarse y quedarse en ese lugar cómodo que es la mentira y la ignorancia.

Lo importante no es ni la cantidad ni la calidad. Lo importante es estar, a toda prueba, a todo suceso. Lo importante es estar siempre con ellas y para ellas. En los momentos importantes y en los que son para el olvido. Guiando, enderezando y enchuecando, conversando, discutiendo, jugando, estudiando, llorando, riendo. Viviendo.

Ese es el padre que quiero ser. Ese es mi trabajo, el único por el cual me mido.

¿Porque habría de conformarme con menos? ¿Porque habría de rendirme ante todas estas señales que me llevan a un lugar, a una situación, que no quiero?

Se lo debo a ellas. Me lo debo a mi.

Dormir… que delicia es dormir

Mi primer fin de semana de “hombre separado” y sin niñas, me arranqué a Valparaiso a visitar viejos amigos.

Mi segundo fin de semana de “hombre separado”, tuve actividades escolares todo el sábado, y con Pamela fuera de Santiago no fue un fin de semana al que podamos definir como de “hombre separado”.

Así que mi tercer fin de semana de “hombre separado”, hice planes para un “hombre separado”. Agendé una tarde de actividades que venía aplazando hace mucho, y por la noche quedé con una vieja y querida amiga con quien no nos vemos hace varios años.

No sé bien que pasó, pero nada funcionó como lo planeé.

El sábado desperté cerca de las 12pm (4 horas mas de sueño de lo que mi cuerpo acostumbra), y me sentía pésimo, dolor de cabeza, garganta apretada, tos, etc. Tras un almuerzo ligero, me escabullí para dormir una larga siesta de la que desperé pasadas las 9pm. Aún me sentía pésimo, así que llamé a mi amiga y me disculpé.

Esa noche me dormí pasadas las 12, y volví a despertar, al igual que el día anterior, 12 horas después. Pero esta ves me sentía mejor!!

Dormí más de 30 horas este fin de semana. Había olvidado completamente como el cuerpo, la mente y el espíritu te agradece algo así.

Hoy me siento la raja.

De amores, eternos

Los hijos en el divorcio Tuvieron una diferencia menor, algo que seguramente no tomarías en cuenta. Algo tan pequeño para una pareja de tantos años, donde el amor siempre primó y, para quienes les veían, amigos y familiares, fueron siempre una pareja maravillosa.

Los días que siguieron a esta pequeña pelea no fueron precisamente malos. Se dedicaron a sus temas y a los temas colectivos (casa e hijas), hablaron de política, de la pega y de la familia. Mientras, en la interna, cada uno hacía su propia reflexión.

Una semana después, cuando al fin encontraron el tiempo y el espacio para conversar, tuvieron la claridad para coincidir tanto en los síntomas como en la enfermedad. Incluso, coincidieron en su tratamiento. Por cada uno de ellos y por el amor que los une, debían separarse.

Hoy están en eso, preparándose para lo que viene. Hablando con las familias y los amigos en común, repartiéndose los muebles, la casa y el auto. Acordando con quien vivirán las hijas, las platas, los horarios, responsabilidades y dinámicas. Y lo mas difícil, se preparan para enfrentar el tema con las niñas.

Es un proceso duro. Lleno de detalles. Muy triste pero principalmente, lleno de amor.

Si. Dije que está lleno de amor. Porque a lo que se enfrentan no es al termino de la familia que por quince años formaron. Ni ella, ni él, ni tampoco las hijas pierden a su familia.

Ellos, tanto los grandes como los chicos, se enfrentan a la transformación de su familia. Y como cualquier proceso de transformación, hay que enfrentarlo con cariño, con amor y atendiendo esos detalles que finalmente, resultan tan importantes como los grandes cambios.

— Tu te quedas en casa, y las cuentas las pagamos mitad y mitad – le dijo él, gesticulando con las manos como si repartiera una torta. Le miraba a los ojos, como siempre había hecho.
— Tendremos tutela compartida, y el auto irá donde las niñas estén – complementó ella, asintiendo con la cabeza y devolviéndole la mirada, como siempre había hecho.

Ambos saben que la única forma de enfrentar esto es desde el amor. Cierto, entre ellos ya no existe amor. Pero no hablo de ese amor.

Lo hacen desde el amor por sus hijas. Por cada una de ellas. Ese amor es enorme e inagotable. No como el amor de dos personas que se enamoran, porque ese amor ya se fue. Solo les duró 15 años. Les hablo de otro amor, uno que no se puede dimensionar, uno que escala montañas y cruza mares, que te mantiene en vela toda la noche cuidando su sueño y te humedece los párpados cuando te entrega un papel con una mancha de tempera mientras dice que eres tú. Te desarma con una pregunta y te vuelve a armar con una reflexión. Y te refriega en la cara tus debilidades. Y te enseña como ser mejor con un nuevo ejemplo cada día.

Y ese es el amor que aún se tienen. Entre ella y él hay tres amores gigantes que los atarán de por vida.

Y algún día, quizás, llegarán nuevos y refrescantes amores con cara de nietos que los seguirá uniendo, incluso, mas allá de sus vidas.

Entonces, ¿como no separarse desde el amor?

Nuevo viejo amigo

Cielo de San Pedro de Atacama

Ese día había comenzado temprano, absurdamente temprano, tanto que no me había duchado pues el agua, de tan temprano que era, nunca salio caliente, y no me apeteció darme un baño en agua fría (pues también fue una mañana absurdamente fría).

Eran las primeras horas de la tarde, esas en que el sol pega con mas fuerza, cuando agotado tras una mañana fría y absurda, me recosté sobre una banca de aquella plaza. Puse la mochila bajo mi cabeza y mientras miraba el cielo, azul intenso y rajado por nubes blancas que lo cruzaban apuradas, me dediqué a pensar si era correcto hacer eso a mis 39. Sería correcto hacerlo cuando pase los 40, a los 45 por ejemplo, o a los 50?

Seria correcto tirarme en la banca de una plaza, en plena tarde, mientras otros turistas que a duras podían decir “Chile campeón” en español y deambulaban buscando donde sentarse y descansar, luego de una mañana absurdamente fría y que ya duraba varias horas.

Eso me preguntaba y en plena divagación, absorto en el cielo y sus nubes cuando me llegó la respuesta, en forma de perro de esos homeless. Se me acercó con cara de perro feliz, como si fuesemos viejos amigos que nos encontramos tras de años de distancia, por lo que solo atiné, como cuando te saluda un desconocido en la calle, a devolverle el saludo, acompañado de un abrazarlo con el brazo que tenía libre y unas cuantas caricias que, mientras le decía “que eres lindo wueón”, retribuyó con un gemido con esa voz ronca que tienen los perros cuando agradecen un cariño, mas un pequeño mordisco en la mano.

Y si, era correcto. Es mas, da lo mismo si era o no correcto, era lo que en ese minuto, necesitaba, y quería. Tirarme en la banca para mirar el cielo.

Trabajo lejos de casa

Uno de mis últimos post en este blog se tituló “Trabajo desde casa”. Lo escribí feliz. Trabajar en casa me hace feliz. Disponer de mi tiempo, ver a mis hijas crecer, jugar, pelear, discutir, llorar, interrumpirme cada 30 minutos por las cosas mas insignificantes pero que para ellas son sumamente importantes (y trato de reconocerles en tal mérito), recibir a Pamela luego de su día habitualmente duro, atenderla y cenar juntos, a veces cocinar acompañados de una copa de vino y buena música, conversando de la vida, de las niñas y de la familia. Me hace feliz estár en casa. Me hace feliz la familia que hemos formado.

Hoy, este post lo titulo como “Trabajo lejos de casa”, pues hace poco mas de un mes pasé 3 semanas trabajando a 945,8 kilometros de mi familia, y estas lineas las escribo desde el aeropuerto de Santiago, esperando mi vuelo – al que llegué tarde, pero esa es otra historia - para pasar otras 3 semanas, esta vez a 1.534,5 kilometros de mis niñas y mi mujer, mis mascotas, mi cama, mi oficina, mi tele y mi vida.

La aventura es entretenida e increiblemente productiva (al menos en un principio), pues suelo contar con todas las horas del día a mi disposición – claro, me la paso trabajando, pero mi trabajo me encanta, todo: las clases, las consultorías y también, y como no, programar -, y también es tremendamente solitaria, cosa que me encanta!!, siempre me he sentido cómodo en soledad.

Y como decía, al menos en un principio, tal vez la primera semana. Llegando la segunda y a medida que pasan los días, se me hace tortuoso, un suplicio a ratos angustiante.

Estar con ellas no solo es una necesidad emocional y afectiva, también es física, de sus abrazos, de sus besos, de que se duerman en mi pecho y entre mis piernas, de caricias y cosquillas, de masajes dolorosos, de saltos en la cama, de chistes fomes y otros muy entretenidos, de su rebeldía y su egocentrismo, de sus miedos, gritos y pesadeces, de sus pesadillas, sus llantos y enérgicos reclamos ante la injusticia, del cansancio y la enorme fuerza de Pamela, de su poca paciencia y de lo rápido que se le acaba. Y de su amor infinito por ellas y por lo nuestro.

Extrañarlas ha sido maravilloso.

Porque me ha permitido descubrirlas, atesorarlas y amarlas aún mas, Lo que se me hace increible. No pensé que fuera posible amar tanto y a tanta gente.

Canciones para dormir

Regalonas

Hacia mucho tiempo que no le cantaba a alguna de mis hijas para hacerla dormir. Ya no se me hace necesario, tanto porque ya están grandes, como porque prefieren leer antes de dormir.

Esta noche por razones que no vienen al caso, me puse a cantarle a Julieta – mi hija menor, de solo 4 años – bien tomada en brazo y envuelta en una manta, el set habitual que solía cantarles cuando eran pequeñas.

Comencé con “El Oso”, del argentino Moris, canción de 1970 y que fue parte de la banda sonora de “Tango Feroz”.

Seguí con el temaso de Spinetta “Durazno Sangrando de 1975.

Luego ataqué con un par de canciones infantiles de Mazapan, “Sauce Llorón” y el “Caracol Agustín” que lograron el efecto contrario al que buscaba, pues a diferencia de Emilia (que estaba al lado de nosotros) y Martina (en la pieza continua) que a esa altura dormían a poto suelto, la Ju se puso a cantar entusiasta cada una de las canciones.

No me quedo otra que cambiar nuevamente el repertorio.

Duerme, duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito.

seguí cantando, casi pegada a la canción anterior.

Julieta al reconocerla me interrumpe orgullosa y me dice “Esa canción me cantabas cuando era pequeña!”.

Es sorprendente la memoria de un niño, debí cantarla algunas pocas veces cuando tenía no mas de un año.

Me acompaño en varios pasajes, con su voz grave y desafinada, entre bostezos y silencios hasta que su respiración profunda y calma me dijo que se había dormido.

Pero yo seguí cantando, esta y otras más, cuidando como cuando eran pequeñas, el sueño de mis niñas.

Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito;
Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito.

Te va a traer codornices para ti.
Te va a traer mucha cosa para ti.
Te va a traer carne de cerdo para ti.
Te va a traer mucha cosa para ti.

Y si el negro no se duerme, viene el diablo blanco, y zas!, le come una patita, jacapumba jacapumba
apumba jacapumba jacapumba.

Duerme, duerme negrito que tu mama esta en el campo, negrito,
Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito,
Trabajando;
Trabajando duramente, trabajando si.
Trabajando y no le pagan, trabajando si.
Trabajando y va tosiendo, trabajando, si, trabajando.

Y va de luto, trabajando, si, pal negrito chiquitito, trabajando si, duramente, si, va tosiendo, si, no le pagan, si.

Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito;
Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito.