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La editorial de El Mercurio después de la matanza de la Escuela Santa María de Iquique

Marcha obrera en Iquique, 1907

Marcha de los obreros en huelga en Iquique antes de ser alojados en la escuela. Biblioteca de Congreso Nacional de Chile


Si no sabes nada de la matanza de la Escuela Santa María de Iquique, te recomiendo que te des una vuelta por wikipedia o mejor aún, algún libro de historia. También te serviría una novela como Santa María de las flores negras de Hernán Rivera Letelier que leí hace ya varios años y puedo recomendar.

Creo que hoy pocos podrían siquiera intentar justificar la espantosa matanza que se llevó a cabo y, es más, hoy pocos podrían comprender que alguien incluso en esa época, intentara siquiera justificarla.

Pero como la vida siempre está llana a sorprendernos, me topé por casualidad con una nota en El Desconcierto donde rescatan un par de editoriales del periódico regalón de la patria, El Mercurio, haciendo justamente eso: justificando la matanza y culpando a los privilegiados obreros salitreros.

“en general, puede decirse que la remuneración del trabajador allí es amplia y que ningún gremio recibe mayores compensaciones y tiene más facilidades para la vida y más oportunidad para el ahorro, que el de los peones y jornaleros empleados en la extracción y beneficio del nitrato”.

“el jornal alto, la habitación gratuita, la pulpería a precios equitativos, la alimentación abundante y relativamente más baja que en el sur“, lo que compensaba “sobradamente el esfuerzo del hombre y los rigores del clima y las arideces del territorio”.

“La detención del trabajo en las salitreras perjudica, más que a los capitalistas, a los huelguistas mismos, pero beneficia a los agitadores. Y como lo hemos dicho, no hay causa visible que justifique los acontecimientos…“

No conformes con eso, posterior a la brutal matanza de obreros, tanto mujeres como hombres, niños, adultos y ancianos, chilenos y extranjeros, todos desarmados, se atreve a justificarlo con las siguientes palabras:

“Es muy sensible que haya sido preciso recurrir a la fuerza para evitar la perturbación del orden público y restablecer la normalidad, y mucho más todavía que el empleo de esa fuerza haya costado la vida a numerosos individuos… el Ejecutivo no ha podido hacer otra cosa, dentro de sus obligaciones más elementales, que dar instrucciones para que el orden público fuera mantenido a cualquiera costa, a fin de que las vidas y propiedades de los habitantes de Iquique, nacionales y extranjeros, estuvieran perfectamente garantidas. Esto es tan elemental que apenas se comprende que haya gentes que discutan el punto”.

Las negritas las he puesto yo.

No sé tu, pero creo que si actualizamos un poco el lenguaje y reemplazamos “obrero del salitre” por “mapuche” o “pescador artesanal” (o tal vez estudiantes, homosexuales, NO+AFP, abortistas, #NiUnaMenos, pueblos originarios… la lista es espeluznantemente amplia)… serían editoriales que perfectamente podríamos estar leyendo estas semanas en nuestro adorable “El Mercurio”.

Que susto.

The eagle never lost so much time as when he submitted to learn of the crow

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Desempolvé mi viejo iPod – las mudanzas suelen regalarte reencuentros maravillosos contigo mismo -, le conecte un parlante y puse el soundtrack de Dead Man, ese anti-western de Jim Jarmusch que me voló la cabeza cuando rondaba los 18.

Me paré frente al espejo del baño, recorté un poco la barba, alineé el bigote y jugué con las marcadas bolsas que tengo bajo los ojos. Me desnudo y meto a la ducha. El agua caliente y el jabón me limpian la mala noche.

Los rasgueos y distorsionados riffs de Niel Young siguen sonando mientras dejo que el viento frío, húmedo y salado entre por la venta. Lleno mis pulmones de ese aire, me dejo reconfortar con el agua caliente.

No llevo oído ni la mitad del disco y ya debo salir y enfrentar lo que sea que tenga que enfrentar tras esa puerta.

Corto el agua, el frio me amenaza y oigo a las niñas afuera discutiendo por alguna tontería.

Un dialogo del soundtrarck. “The eagle never lost so much time as when he submitted to learn of the crow” le recita Nobody a Blake. Luego viene el teclado y la guitarra.

Subo el volumen y me convenzo… aún me quedan algunos minutos.

Dormir… que delicia es dormir

Mi primer fin de semana de “hombre separado” y sin niñas, me arranqué a Valparaiso a visitar viejos amigos.

Mi segundo fin de semana de “hombre separado”, tuve actividades escolares todo el sábado, y con Pamela fuera de Santiago no fue un fin de semana al que podamos definir como de “hombre separado”.

Así que mi tercer fin de semana de “hombre separado”, hice planes para un “hombre separado”. Agendé una tarde de actividades que venía aplazando hace mucho, y por la noche quedé con una vieja y querida amiga con quien no nos vemos hace varios años.

No sé bien que pasó, pero nada funcionó como lo planeé.

El sábado desperté cerca de las 12pm (4 horas mas de sueño de lo que mi cuerpo acostumbra), y me sentía pésimo, dolor de cabeza, garganta apretada, tos, etc. Tras un almuerzo ligero, me escabullí para dormir una larga siesta de la que desperé pasadas las 9pm. Aún me sentía pésimo, así que llamé a mi amiga y me disculpé.

Esa noche me dormí pasadas las 12, y volví a despertar, al igual que el día anterior, 12 horas después. Pero esta ves me sentía mejor!!

Dormí más de 30 horas este fin de semana. Había olvidado completamente como el cuerpo, la mente y el espíritu te agradece algo así.

Hoy me siento la raja.

De amores, eternos

Los hijos en el divorcio Tuvieron una diferencia menor, algo que seguramente no tomarías en cuenta. Algo tan pequeño para una pareja de tantos años, donde el amor siempre primó y, para quienes les veían, amigos y familiares, fueron siempre una pareja maravillosa.

Los días que siguieron a esta pequeña pelea no fueron precisamente malos. Se dedicaron a sus temas y a los temas colectivos (casa e hijas), hablaron de política, de la pega y de la familia. Mientras, en la interna, cada uno hacía su propia reflexión.

Una semana después, cuando al fin encontraron el tiempo y el espacio para conversar, tuvieron la claridad para coincidir tanto en los síntomas como en la enfermedad. Incluso, coincidieron en su tratamiento. Por cada uno de ellos y por el amor que los une, debían separarse.

Hoy están en eso, preparándose para lo que viene. Hablando con las familias y los amigos en común, repartiéndose los muebles, la casa y el auto. Acordando con quien vivirán las hijas, las platas, los horarios, responsabilidades y dinámicas. Y lo mas difícil, se preparan para enfrentar el tema con las niñas.

Es un proceso duro. Lleno de detalles. Muy triste pero principalmente, lleno de amor.

Si. Dije que está lleno de amor. Porque a lo que se enfrentan no es al termino de la familia que por quince años formaron. Ni ella, ni él, ni tampoco las hijas pierden a su familia.

Ellos, tanto los grandes como los chicos, se enfrentan a la transformación de su familia. Y como cualquier proceso de transformación, hay que enfrentarlo con cariño, con amor y atendiendo esos detalles que finalmente, resultan tan importantes como los grandes cambios.

— Tu te quedas en casa, y las cuentas las pagamos mitad y mitad – le dijo él, gesticulando con las manos como si repartiera una torta. Le miraba a los ojos, como siempre había hecho.
— Tendremos tutela compartida, y el auto irá donde las niñas estén – complementó ella, asintiendo con la cabeza y devolviéndole la mirada, como siempre había hecho.

Ambos saben que la única forma de enfrentar esto es desde el amor. Cierto, entre ellos ya no existe amor. Pero no hablo de ese amor.

Lo hacen desde el amor por sus hijas. Por cada una de ellas. Ese amor es enorme e inagotable. No como el amor de dos personas que se enamoran, porque ese amor ya se fue. Solo les duró 15 años. Les hablo de otro amor, uno que no se puede dimensionar, uno que escala montañas y cruza mares, que te mantiene en vela toda la noche cuidando su sueño y te humedece los párpados cuando te entrega un papel con una mancha de tempera mientras dice que eres tú. Te desarma con una pregunta y te vuelve a armar con una reflexión. Y te refriega en la cara tus debilidades. Y te enseña como ser mejor con un nuevo ejemplo cada día.

Y ese es el amor que aún se tienen. Entre ella y él hay tres amores gigantes que los atarán de por vida.

Y algún día, quizás, llegarán nuevos y refrescantes amores con cara de nietos que los seguirá uniendo, incluso, mas allá de sus vidas.

Entonces, ¿como no separarse desde el amor?

La necesidad de devorarlo todo

Practicamente todos los meses vemos empresas como Google, Facebook, Amazon y todas estas grandes de la tecnología hacen crecer su negocio comprando a competidores para ampliar su capacidad productiva y ganar base de clientes, comprando pequeñas startups para absorver sus innovaciones y adquirir capital intelectual de alto valor, y finalmente predandose – porque hace rato dejamos atras lo de la competencia – unos a otros creciendo verticalmente en vez de facilitar y potenciar la integración.

Me parece curioso que tipos de poco mas 50 años los mayores (Bezos, de Amazon, nació el 64, los fundadores de Google, Serguéi Brim y Larry Page son del 73, Zuckerberg el 84, de Yahoo, Jerry Yang y David Filo, el 68 y el 66 respectivamente) son reconocidos como hombres de negocios tremendamente exitosos, pero no conformes con esto aprovechan las enormes espaldas financieras que sus empresas han alcanzado para sacar la chequera y darse a las compras para crecer, convirtiendose y consolidando monstruos gigantes, dejando muy en el olvido aquel garage junto a la casa de los padres para pasar a un campus de 260.000m2 para 12.000 colaboradores. Pareciera que el éxito de tu empresa se obtiene a punta de fuerza bruta y a costa del resto, ya sea por omisión como por acción.

Le sigo dando vueltas a esa necesidad imperiosa de devorarlo todo: competidores, startups, proveedores, clientes, empleados, competidores indirectos, entidades gubernamentales, pueblos y ciudades, lagos, mar y cordillera, desierto y el ártico, en fin, ecosistemas completos.

Un apetito que parece cimentar un sistema saturado: las empresas dében crecer infinitamente sin encontrar nunca limites, y muchas veces sin siquiera reconocer ética que plantee reparos suficientes a lo que un Retorno atractivo pueda decirnos. Claro, podrán ser los menos (mas bien parece que no nos enteramos de todos los casos), pero el punto es que pareciera ser que las distintas tendencias en management solo se hacen cargo de abrirte el apetito y orientarte en como ser más rentable, y hasta ahí llegamos. Y en este tema hay mucho paño que cortar, basta con recordar la polémica que rodeó a los Ingenieros Comerciales de la UC hace solo unos pocos meses.

¿Acaso no hay alguien que planetée algo distinto? ¿Acaso no hay alguna tendencia en el management que pregonga un crecimiento a escala humana, en armonía con las necesidades de tus colaboradores (porque no todo es la remuneración, también importan los horarios, la confianza, el espacio y la gentileza), tus proveedores (paga lo que corresponde y cuando corresponda), tus partners (potenciando y no predando) y tu competencia (éticamente!).

Afortunadamente, lo hay.

Viendo algunos TED me topé con uno de Ricardo Semler, titulado “How to run a company with (almost) no rules”, algo así como “Cómo dirigir una empresa (casi) sin reglas”, donde se atreve a decir algo tan cierto que resulta inspirador:

¿Cuál es la decisión más inteligente? Decíamos cosas como venderás 57 dispositivos por semana. Si los vendes para el miércoles, por favor, vete a la playa. No nos crees un problema de fabricación, de aplicación, si no tendremos que comprar nuevas empresas, comprar a los competidores, tendremos que hacer todo tipo de cosas porque vendes demasiados dispositivos. Así que ve a la playa y empezamos el lunes de nuevo.

Ricardo Semler

Y ese parece ser el quid de la cuestión. ¿Hasta donde necesitamos crecer? ¿Hasta donde llegue nuestra codicia? Lo que plantea Semler en la charla es bastante mas amplio de lo que intento abarcar con este post, pero me da luces de como dar respuesta a esta pregunta. Habla del como fomentamos la sabiduría no solo en la empresa, también en la escuela y por supuesto, en la vida. Y lo hace amparado en su propia experiencia estampada en sus libros, la que se basa en 4 pilares:

  1. Cualquier colaborador puede participar del proceso de toma de desiciones.
  2. Todos los miembros de la organización son responsables de los resultados.
  3. Los beneficios se reparten entre todos los miembros, independiente de su posición.
  4. Para que estos 3 principios funcionen, se necesitan: muy pocas limitaciones, mucha flexibilidad y, sobretodo, integridad.

De aquí se desprenden todo un estilo de management que expica y desarrolla en sus libros (a los que les sigo la huella, no logro dar aún con ellos) Radical, The Seven-day weekend y Maverick!.

Pero volviendo al tema, ¿hasta donde necesitamos crecer? ¿Debemos devorarlo todo? ¿Es tanta nuestra necesidad que no basta con comernos casi toda la torta, debemos comernos las otras tortas?

Este apetito desmedido me recuerda una escena de “El Viaje de Shihiro”, donde Kaonashi (Sin Rostro), furioso porque Shihiro no acepta sus regalos, comienza a comer y a devorar todo lo que los seres de los baños le presentan como ofrenda y de la que esperan como pago aquél oro falso. Kaonashi devora no solo las comidas, luego de un nuevo rechazo de Shihiro, devora también a estos seres convirtiendose en un monstruo enorme y pesado, pues nada, absolutamente nada lo satisface y sin embargo, nunca deja de comer.

Entonces, ¿hasta donde necesitamos crecer?

Me quedo con la recomendación de Semler en la charla, pues éso solo lo podemos responder haciendo acopio de una profunda sabiduría. Entonces, a fomentarla!

Nuevo viejo amigo

Cielo de San Pedro de Atacama

Ese día había comenzado temprano, absurdamente temprano, tanto que no me había duchado pues el agua, de tan temprano que era, nunca salio caliente, y no me apeteció darme un baño en agua fría (pues también fue una mañana absurdamente fría).

Eran las primeras horas de la tarde, esas en que el sol pega con mas fuerza, cuando agotado tras una mañana fría y absurda, me recosté sobre una banca de aquella plaza. Puse la mochila bajo mi cabeza y mientras miraba el cielo, azul intenso y rajado por nubes blancas que lo cruzaban apuradas, me dediqué a pensar si era correcto hacer eso a mis 39. Sería correcto hacerlo cuando pase los 40, a los 45 por ejemplo, o a los 50?

Seria correcto tirarme en la banca de una plaza, en plena tarde, mientras otros turistas que a duras podían decir “Chile campeón” en español y deambulaban buscando donde sentarse y descansar, luego de una mañana absurdamente fría y que ya duraba varias horas.

Eso me preguntaba y en plena divagación, absorto en el cielo y sus nubes cuando me llegó la respuesta, en forma de perro de esos homeless. Se me acercó con cara de perro feliz, como si fuesemos viejos amigos que nos encontramos tras de años de distancia, por lo que solo atiné, como cuando te saluda un desconocido en la calle, a devolverle el saludo, acompañado de un abrazarlo con el brazo que tenía libre y unas cuantas caricias que, mientras le decía “que eres lindo wueón”, retribuyó con un gemido con esa voz ronca que tienen los perros cuando agradecen un cariño, mas un pequeño mordisco en la mano.

Y si, era correcto. Es mas, da lo mismo si era o no correcto, era lo que en ese minuto, necesitaba, y quería. Tirarme en la banca para mirar el cielo.

Trabajo lejos de casa

Uno de mis últimos post en este blog se tituló “Trabajo desde casa”. Lo escribí feliz. Trabajar en casa me hace feliz. Disponer de mi tiempo, ver a mis hijas crecer, jugar, pelear, discutir, llorar, interrumpirme cada 30 minutos por las cosas mas insignificantes pero que para ellas son sumamente importantes (y trato de reconocerles en tal mérito), recibir a Pamela luego de su día habitualmente duro, atenderla y cenar juntos, a veces cocinar acompañados de una copa de vino y buena música, conversando de la vida, de las niñas y de la familia. Me hace feliz estár en casa. Me hace feliz la familia que hemos formado.

Hoy, este post lo titulo como “Trabajo lejos de casa”, pues hace poco mas de un mes pasé 3 semanas trabajando a 945,8 kilometros de mi familia, y estas lineas las escribo desde el aeropuerto de Santiago, esperando mi vuelo – al que llegué tarde, pero esa es otra historia – para pasar otras 3 semanas, esta vez a 1.534,5 kilometros de mis niñas y mi mujer, mis mascotas, mi cama, mi oficina, mi tele y mi vida.

La aventura es entretenida e increiblemente productiva (al menos en un principio), pues suelo contar con todas las horas del día a mi disposición – claro, me la paso trabajando, pero mi trabajo me encanta, todo: las clases, las consultorías y también, y como no, programar -, y también es tremendamente solitaria, cosa que me encanta!!, siempre me he sentido cómodo en soledad.

Y como decía, al menos en un principio, tal vez la primera semana. Llegando la segunda y a medida que pasan los días, se me hace tortuoso, un suplicio a ratos angustiante.

Estar con ellas no solo es una necesidad emocional y afectiva, también es física, de sus abrazos, de sus besos, de que se duerman en mi pecho y entre mis piernas, de caricias y cosquillas, de masajes dolorosos, de saltos en la cama, de chistes fomes y otros muy entretenidos, de su rebeldía y su egocentrismo, de sus miedos, gritos y pesadeces, de sus pesadillas, sus llantos y enérgicos reclamos ante la injusticia, del cansancio y la enorme fuerza de Pamela, de su poca paciencia y de lo rápido que se le acaba. Y de su amor infinito por ellas y por lo nuestro.

Extrañarlas ha sido maravilloso.

Porque me ha permitido descubrirlas, atesorarlas y amarlas aún mas, Lo que se me hace increible. No pensé que fuera posible amar tanto y a tanta gente.