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Para Martina


Esta historia ya te la he contado… como a quien ha estado dispuesto a oírla. Y es que la tengo clavada en la memoria. Quizás más que otros grandes e importantes momentos de mi vida. Tal vez por lo que se vino después. Porque fue de esos momentos que luego te cambian la vida. Porque hay un antes y un después.

Pues nada volvió a ser igual.

Comienzo a escribir estas líneas justo 14 años después de haber ocurrido. Minutos incluidos. Era el día anterior. Caminábamos tu madre y yo por el centro comercial donde se emplazaba – no sé si aún existe – la clínica en que nos atendía el obstetra. Nos había dicho que ya estábamos en trabajo de parto, y que podía tardar uno o dos días para estar del todo lista.

Caminábamos lento, tomados del brazo. Con expectación y tanto amor en nuestros corazones. De ese tan grande que dejábamos que el silencio nos dominara. De pronto tu mamá se detiene, posa la mano sobre su panza gigante y deja que la contracción le remueva un poco el cuerpo. La gente nos mira y alguno se acerca para preguntarle si estaba bien. A mí me ignora completamente, como si yo no estuviese sintiendo esa contracción, como si no fueras tan mía como de ella. Como si no fuera mi hija quien nos avisa que ya llega.

Tu mamá ya no puede manejar (creo que el cinturón de seguridad ya no le cruza), y yo no puedo ir a dejarla porque entre casa y mi trabajo, tardo hora y media. Así que la mandé en taxi y yo volví a la oficina – nunca verás a tu madre tan dócil y obediente como aquella tarde -.

Llevo dos minutos frente al teclado, ya en la oficina, cuando tu mamá me dice por el teléfono que las contracciones son más intensas. Estamos tan nerviosos, pero a la vez tan tranquilos.

No quiero que siga más sola en casa, de pensar en su carita y en todas esas emociones que le salpicaban el rostro decido irme de inmediato. Pero una hora y media es mucho tiempo, así que llamo a mi mamá y le pido que la acompañe mientras yo llego.

Nada más cruzar la puerta veo a tu mamá remecida con otra contracción. Preparamos una tina de agua caliente donde se dio un baño largo y tranquilo, comimos ligero, conversamos poco. Oímos música suave. No recuerdo que encendiéramos la tele, no queríamos extraños ahí. Quizás porque ambos deseábamos grabar cada minuto en nuestra memoria.

Ya de noche, llamamos a la matrona por asesoría. ¿Debíamos partir? Nos dijo que esperáramos un poco más, que estaba de turno y que salía temprano por la mañana. Espérenme, nos dijo.

A las 3am las contracciones eran cada 3 minutos, así que le dije nos vamos.

Tomamos la maleta que aguardaba frente a la puerta, nos subimos al auto y en media hora estábamos en la clínica. Comúnmente tardaría más de una hora, pero el espacio/tiempo se contrae a las 3am y cuando tu papá necesita llevar a una de sus hijas al doctor.

Nos despedimos de tu abuela (que iba casi tan emocionada como nosotros) en el hall de la clínica y entramos para hacer un chequeo rápido. Contracciones cada 2 minutos y suficientes centímetros de dilatación para que salieras por puerta ancha – tu mamá se va a enojar si lee esta analogía -. Nos abrazamos. Nos dijimos el amor que sentía el uno por el otro, y por ti. Dejamos que el obstetra intrusiara por donde después saldrías, y afinara los últimos detalles.

Me hicieron cambiar de ropa, tomé la cámara y entré tras tu mamá, que iba en una camilla, con tanto miedo como yo. No. Miedo es poco. Teníamos pánico. Nos enfrentábamos a algo tan de grandes, y nosotros éramos tan niños. Tan inocentes. ¡Nos bastaba el amor y poco más!

A tu mamá le dijeron que pujara. ¡Puja! le dijo el obstetra. ¡Puja! le dijo el anestesiólogo. ¡Puja! dijo la matrona de reemplazo porque la otra tenía turno.

Tu mamá me apretaba la mano con cada esfuerzo que hacía. Y yo le decía que iba todo bien, que faltaba muy poco. Que la amaba. Que te amaba. Que todo iba muy bien. Aún recuerdo los sonidos de esa sala de parto. Todos y cada uno de ellos. La respiración agitada de tu mamá, las conversaciones de los médicos, el roce de la piel de las manos. Mi corazón dando golpes contra el pecho.

Y todo transcurría como en cámara lenta.

No pasaron 5 minutos (¿o media hora?) y el doctor nos muestra una masa de carne rojiza, con delgados rollitos de piel, contraída y muy húmeda. Esa eras tú. Como te amé ese día, es como te sigo amando hoy. Con locura. Auténtica locura.

Te acercaron a mamá. Llorabas. Lloraba. Lloraba del esfuerzo. Lloraba del dolor. Lloraba de amor. Y yo lloraba con ustedes. Te acompañé a un rincón donde te dieron tu primera inyección, te tomaron medidas y el peso. Te hicieron unos pequeños exámenes y dijeron que todo estaba bien contigo. Las manos ágiles de la pediatra te envolvieron en un paño verde desgastado y me dijeron que podía tomarte si quería. Si me atrevía.

¿Que no me voy a atrever? Mierda, si es mi hija. Por ella me enfrentaría a lo que fuera.

Te tomé entre mis brazos y dejaste de llorar. Te llevé con mamá nuevamente. Se besaron, se hablaron. Sabías que ella era tu mamá, con la misma certeza de que yo era una especie de enviado especial de confianza de la jefa.

Son poco más de las 5am y alguna enfermera me pregunta si podía acercarme a un ventanal, que los abuelos esperan para verte. Camino seguro y confiado contigo en mis brazos. Ya nada puede detenernos.

Detrás del vidrio están los cuatro. Alguno algo despeinado, pero todos embobados con la visión de su primera nieta. Sus caras eran de asombro. Te hablaron, pero nosotros no les oímos. Con el tiempo dirán que los miraste uno a uno. ¿Lo sabes, no?

En fin. Así naciste hija. Lo que vino después, fue menos decoroso. Muchos llantos, muchas noches sin dormir, mucha caca y un largo aprendizaje. Ser padres no es fácil, tennos paciencia. Hago lo que creo que es mejor, y si, sé que a veces me equivoco. Pero tienes que saber y nunca olvidar, que abro los ojos en la mañana por ti. Me levanto por ti y vivo por ti.

Y si alguna de tus hermanas algún día lee esto. Si, mensota. Por ti también lo hago, y ya te contaré de nuevo tu historia cuando cumplas los 14.

Papá.

De amores, eternos

Los hijos en el divorcio Tuvieron una diferencia menor, algo que seguramente no tomarías en cuenta. Algo tan pequeño para una pareja de tantos años, donde el amor siempre primó y, para quienes les veían, amigos y familiares, fueron siempre una pareja maravillosa.

Los días que siguieron a esta pequeña pelea no fueron precisamente malos. Se dedicaron a sus temas y a los temas colectivos (casa e hijas), hablaron de política, de la pega y de la familia. Mientras, en la interna, cada uno hacía su propia reflexión.

Una semana después, cuando al fin encontraron el tiempo y el espacio para conversar, tuvieron la claridad para coincidir tanto en los síntomas como en la enfermedad. Incluso, coincidieron en su tratamiento. Por cada uno de ellos y por el amor que los une, debían separarse.

Hoy están en eso, preparándose para lo que viene. Hablando con las familias y los amigos en común, repartiéndose los muebles, la casa y el auto. Acordando con quien vivirán las hijas, las platas, los horarios, responsabilidades y dinámicas. Y lo mas difícil, se preparan para enfrentar el tema con las niñas.

Es un proceso duro. Lleno de detalles. Muy triste pero principalmente, lleno de amor.

Si. Dije que está lleno de amor. Porque a lo que se enfrentan no es al termino de la familia que por quince años formaron. Ni ella, ni él, ni tampoco las hijas pierden a su familia.

Ellos, tanto los grandes como los chicos, se enfrentan a la transformación de su familia. Y como cualquier proceso de transformación, hay que enfrentarlo con cariño, con amor y atendiendo esos detalles que finalmente, resultan tan importantes como los grandes cambios.

— Tu te quedas en casa, y las cuentas las pagamos mitad y mitad – le dijo él, gesticulando con las manos como si repartiera una torta. Le miraba a los ojos, como siempre había hecho.
— Tendremos tutela compartida, y el auto irá donde las niñas estén – complementó ella, asintiendo con la cabeza y devolviéndole la mirada, como siempre había hecho.

Ambos saben que la única forma de enfrentar esto es desde el amor. Cierto, entre ellos ya no existe amor. Pero no hablo de ese amor.

Lo hacen desde el amor por sus hijas. Por cada una de ellas. Ese amor es enorme e inagotable. No como el amor de dos personas que se enamoran, porque ese amor ya se fue. Solo les duró 15 años. Les hablo de otro amor, uno que no se puede dimensionar, uno que escala montañas y cruza mares, que te mantiene en vela toda la noche cuidando su sueño y te humedece los párpados cuando te entrega un papel con una mancha de tempera mientras dice que eres tú. Te desarma con una pregunta y te vuelve a armar con una reflexión. Y te refriega en la cara tus debilidades. Y te enseña como ser mejor con un nuevo ejemplo cada día.

Y ese es el amor que aún se tienen. Entre ella y él hay tres amores gigantes que los atarán de por vida.

Y algún día, quizás, llegarán nuevos y refrescantes amores con cara de nietos que los seguirá uniendo, incluso, mas allá de sus vidas.

Entonces, ¿como no separarse desde el amor?

Fuentes llenas de uvas

Rubén Guzmán, tata coco.

Rubén Guzmán

Te fuiste viejo, te fuiste, y ni cuenta te diste.

Te apagaste como si te hubiesen cortado la luz por no pagar la cuenta. De un momento a otro, sin aviso ni despedidas.

Te fuiste tranquilo, discutiendo por nimiedades, eso que tanto te entretenía. Te fuiste acompañado de tus hijas que te lloraron como niñas a quien el papá deja en la escuela. Te fuiste en tal desconcierto de tu mujer que no entendía que pasaba hasta que cayó en cuenta que las niñas se abrazaban en lagrimas.

Te fuiste y nadie entendía porque. Te fuiste con apenas 92, con las rodillas y cadera tan malas que no te dejaban caminar sin tu burrito. Pero eso nunca fue un problema, porque tardar media hora en llegar a la esquina siempre fue un detalle insignificante.

Se fue el “pito”€ – por papito; no me lo imagino fumándose uno- , el “œtata coco”€, el abuelo que tanto nos enseño. El abuelo que jugaba con nosotros de niños, que nos enseño a construir con madera, dibujar sobre ella y luego a punta de serrucho arrancarle pistolas, hondas, autos y tanta cosa que hace uno cuando aún le cuelgan los mocos.

El abuelo que con algo de paciencia nos enseño a construir volantines y era un seco con el trompo. El abuelo que jugaba a la pelota, que de joven fue futbolista, basquetbolista y boxeador.

Se fue el viejo pinochetista hasta las recachas, anti comunista y que le compró todo a la dictadura, pero que cuando se dejo barba nos deleitamos diciendole que se parecía al Che Guevara. Te fuiste viejo querido y nos dejaste a todos tratando de reprimir las lagrimas.

Te fuiste y ya no le llevarás fuentes llenas de uvas a la abuela. Te fuiste y ya nadie recogerá las nueces y los duraznos del patio. Te fuiste y ya nadie andará sapeando con los prismáticos bajo excusa de buscar ladrones en la calle. Te fuiste y ya no oiremos la música clásica que siempre sonaba en la terraza. Te fuiste y estoy seguro que aún te ríes de nosotros que te extrañamos. Te fuiste y nos hiciste llorar a todos. Te fuiste y te ríes.

Te fuiste y lo aseguro, te ríes porque ha sido tu máximo chiste.

El adiós del poeta

Cuando era niño, no recuerdo bien que edad pero debo haber tenido unos 9 años, mi mamá me llevo a conocer y despedirme de mi bisabuelo. Postrado en cama, incapaz de reconocer a su nieta, el anciano rondaba los 94 años. Poeta y una especie de leyenda en la familia tanto por su longevidad como por su facilidad para dejar descendencia. Mas de 20 hijos y varias señoras.

Mi Abuelo

Sergio Martí­nez Jacobs.

La tarde del Martes 21, llevé a mis hijas menores a despedir a mi abuelo Sergio, hijo del hombre del primer párrafo. Funcionario del Servicio de Impuestos Internos por largos años pero principalmente poeta y un ferviente adorador de Dios.

Este poeta, nuestro poeta, el 21 de Enero a las 21:50, a los 85 años, rodeado de su familia, logró aquel ascenso a un nuevo plano, aquel que tanto anhelaba.

Nunca me ha gustado la poesía. No se si fue mi forma de revelarme a él (porque en esta familia durante la adolescencia te revelas a tus viejos y al tata), o solo por cuestión de gustos. Hombre de hablar parsimonioso, no tan serio como de un humor demasiado elevado para cualquier hijo de vecino. De sobremesas dominicales densas donde se habla solo de temas de extremada altura, se leí­a poesía y de espiritualidad, para luego pasar al piano donde junto a mi abuela cantaban su amor.

De una espiritualidad inmensa, Subud y el latiham fueron su camino.

Mi abuelo fue siempre un excéntrico intransigente (por decir lo menos), lo recuerdo apagando el calefont mientras mis primas se duchaban, lo recuerdo apilando en el patio un cerro de papeles, periódicos, desechos, muebles, ropa vieja y otros desperdicios para luego (horror de los vecinos) prenderles fuego. Lo recuerdo colgando la bandera belga junto a la chilena en fiestas patrias.

Te recuerdo en uno de mis momentos mas incomodos cuando a mis 19-20 años quisiste hablarme de sexo y amor, como el padre que para muchos de mis primos fuiste. Te recuerdo en tus silencios y contemplación. Te recuerdo en tus proyectos y

su forma de escribir poesía

Te recuerdo en la carta que me diste el día de mi matrimonio, donde nuevamente quisiste enseñarme aquello que mi bruta, impulsiva e impertinente juventud me negó entender.

Te recuerdo en el abrazo que me diste la semana pasada, cuando junto a mi nanita te llevamos al médico. Llevabas una semana sin hablar y al salir del baño, me diste un abrazo de saludo, que también fue de agradecimiento, para terminar siendo un abrazo de despedida.

Te recuerdo en Julieta. Mi hija menor. Que aún no entiende porque ha partido su tatita pelao que acababa de re-descubrir. Lo maravilloso es que ella aún te recuerda de cuando volaban como pajaritos, en el cielo.

Y allá nos veremos poeta incansable. Porque si hay una lección que he aprendido de ti, esa es tu incansable lucha y amor por aquello que te apasionó. Solo espero la próxima vez, estar a la altura del caminante iluminado.

El adios de Virginia

Virginia Woolf

Querido:
Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oí­r voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí­ podrás trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrí­as sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.

Virginia Woolf. 25 de Enero de 1882, 28 de Marzo de 1941.

Sufre de transtorno bipolar y una depresión severa. Sobre el rí­o Ouse se enfundó el abrigo lleno de piedras para luego lanzarse.

La carta estaba dirigida a su marido, Leonard Woolf.

Fuentes: Wikipedia y Papelenblanco.