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Y no es un cuento de hadas

Pamela se integra al mundo bloguero y estrena su propio espacio, y no es un cuento de hadas.

Momentaneamente estará en blogger, mientras le creo un espacio en mi server y monto un Wordpress para ella.

Bienvenida amor.
Y que lo disfrutes!

No hay como trabajar en casa

Aunque estas cabritas chicas andan molestando por acá… igual es genial.

Con las ventanas abiertas, el viento bate las cortinas.

Y estoy a pies descalzos… viendo el jardín de mi casa.

Aún estoy operando en la mesa del comedor. Pronto tendré que resolver el “donde”, pero por ahora está bien. Oír a mis hijas es reconfortante y me recuerda porque hago todo esto.

Dos y sumando

Hace poco mas de dos años pasamos por una de las experiencias mas fuertes de nuestras vidas.

Hace dos años nos enfrentamos a nuestro destino y le vimos a los ojos. Y ella nos sonrió.

Hace dos años, al fin tuvimos certeza de nuestro deber ser. Y el deber fue el querer. Porque ella fue lo que quisimos. Y ella es lo que queremos. Completamente.

Y fue hace dos años…

El viernes Martina estuvo de cumpleaños. Y estuvimos de fiesta. Y la fiesta duró tres días. Termino recién hoy a las nueve de la noche.

Y la celebramos. Y ella sintió el amor de toda su enorme familia.

Abuelos y abuelas. Tíos y tías. Bisabuelas, mas tíos y tías abuelas. Y muchos niños.

Y ella nos regaló todo su amor. Claro, en sus formas. Con sutiles sonrisas. Con pequeñas conversaciones. Con miradas cómplices. Nadie se fue sin recibir al menos un poco de eso que ella entrega.

Y así fueron estos días, llenos de aquella sensación que te llena cuando estas en familia. Como que estaba en el aire. Especialmente entre nosotros. Los cuatro. Y nos hacía falta. Y estuvimos particularmente cariñosos todos. Los cuatro. Para los cuatro.

Te amamos hija. Las amamos tanto.

Ellas duermen

Ya es tarde, la una y treinta de la madrugada, y para variar yo desvelado.

A mi lado Pamela abraza a Emilia, la cobija, su frente y nariz rozan la mejilla de la niña. Y duermen. Las dos.

Un poco mas allá Martina. La veo por el monitor. También duerme. Atravesada en su cama. Desparramada como suele ser.

Sus respiraciones interrumpen mi silencio. Tiene un ritmo placentero. Tranquilizante. Embriagador a ratos. Hipnotizante en los peores. El que solo yo he oído. Y por eso es mío.

Me gusta verlas dormir. Si, también porque es el único momento en que no molestan, me piden algo, me lo exigen, o interrumpen mi atención.

También lo disfruto por lo que ellas me dan entre sus sueños. Mientras sus pechos se inflan y desinflan. Mientras sueñan con cosas de mujeres… mujeres de treinta, mujeres de dos, mujeres de cuatro meses. Mientras sueñan sus sueños.

Y ellas me dan tanto mientras duermen. Me dan su confianza. En mi. Se sienten seguras. Protegidas. Por mi. Me dan su paz y como no, sus sueños. Y son mis sueños.

Me dan sus sonrisas, incluso sus risas. Sus cabellos libres y caóticos. Sus llantos nocturnos por algún sueño ingrato. Y también sus rabias y sus miedos.

Y yo las cuido.

Y con eso les basta.

Y me hacen ver con tanta claridad,
que saben a ciencia cierta
que las amo.