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El Nido

Pollos

Pollos

No se si yo soy el raro o le pasará a otros, pero desde la perspectiva del hombre y del padre, me nace la necesidad desde la guata de darles a mis hijas un hogar. No me basta con verlas cada 15 días. No basta con visitarlas todos los días en casa de su mamá. No basta con llevarlas a pasear o ir de visita donde la abuela. No logro sentirme cómodo ni conforme en mi rol de papá, de educador, de guía en su niñez y soporte en sus vidas adultas. No basta con limitarme a ser un visitante malcriador o una especie de anexo a su vida con su madre.

Será que nunca sentí que tuve un hogar cuando niño, por mucho que mi viejita se esforzara en intentar dármelo. Será que la ausencia de mi padre marcó tan internamente lo que yo no quería ser cuando me tocara el turno. Será que las amo con tal intensidad que no ser parte de sus vidas activamente, en las buenas y en las malas, en el cariño y el reto. Será que no me logro limitar a contarles que me equivoco a diario, si no que necesito que sean testigos presenciales, y victimas de mis errores, que lo sientan como parte de lo que soy y de lo que somos.

No logro conformarme con lo que el destino me enrostra.

La porfía es parte de mi. Y me debato con el destino cuando no es lo que quiero, pero lo reto y me le enfrento cuando no es lo que quiero para mis hijas. No permitiré que ellas por ningún segundo siquiera, piensen que las he abandonado, que he tirado la toalla o que me he rendido con ellas, con sus vidas, con su crecimiento, sus problemas, tropiezos y lagrimas. No quiero que piensen que me fui para rehacer mi vida, porque lo que hice no solo pasa por eso. Me fui porque quiero ser el padre y el hombre que ellas necesitan. Y ese camino a ratos tortuoso me esta llevando a lugares que no quiero ir. Me lleva a lugares que me alejan de ellas, de sus historias y de lo que necesitan realmente: Un papá que le gane a la vida, por ellas.

Alguien me dijo el otro día ese repulsivo cliché de que “lo que importa no es la cantidad, es la calidad de las horas que pasas con ellas”. Me impresiona como la gente se miente a si misma para lograr cierta paz. Para conformarse y quedarse en ese lugar cómodo que es la mentira y la ignorancia.

Lo importante no es ni la cantidad ni la calidad. Lo importante es estar, a toda prueba, a todo suceso. Lo importante es estar siempre con ellas y para ellas. En los momentos importantes y en los que son para el olvido. Guiando, enderezando y enchuecando, conversando, discutiendo, jugando, estudiando, llorando, riendo. Viviendo.

Ese es el padre que quiero ser. Ese es mi trabajo, el único por el cual me mido.

¿Porque habría de conformarme con menos? ¿Porque habría de rendirme ante todas estas señales que me llevan a un lugar, a una situación, que no quiero?

Se lo debo a ellas. Me lo debo a mi.

Canciones para dormir

Regalonas

Hacia mucho tiempo que no le cantaba a alguna de mis hijas para hacerla dormir. Ya no se me hace necesario, tanto porque ya están grandes, como porque prefieren leer antes de dormir.

Esta noche por razones que no vienen al caso, me puse a cantarle a Julieta – mi hija menor, de solo 4 años – bien tomada en brazo y envuelta en una manta, el set habitual que solía cantarles cuando eran pequeñas.

Comencé con “El Oso”, del argentino Moris, canción de 1970 y que fue parte de la banda sonora de “Tango Feroz”.

Seguí con el temaso de Spinetta “Durazno Sangrando de 1975.

Luego ataqué con un par de canciones infantiles de Mazapan, “Sauce Llorón” y el “Caracol Agustín” que lograron el efecto contrario al que buscaba, pues a diferencia de Emilia (que estaba al lado de nosotros) y Martina (en la pieza continua) que a esa altura dormían a poto suelto, la Ju se puso a cantar entusiasta cada una de las canciones.

No me quedo otra que cambiar nuevamente el repertorio.

Duerme, duerme negrito, que tu mama está en el campo, negrito.

seguí cantando, casi pegada a la canción anterior.

Julieta al reconocerla me interrumpe orgullosa y me dice “Esa canción me cantabas cuando era pequeña!”.

Es sorprendente la memoria de un niño, debí cantarla algunas pocas veces cuando tenía no mas de un año.

Me acompaño en varios pasajes, con su voz grave y desafinada, entre bostezos y silencios hasta que su respiración profunda y calma me dijo que se había dormido.

Pero yo seguí cantando, esta y otras más, cuidando como cuando eran pequeñas, el sueño de mis niñas.

Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito;
Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito.

Te va a traer codornices para ti.
Te va a traer mucha cosa para ti.
Te va a traer carne de cerdo para ti.
Te va a traer mucha cosa para ti.

Y si el negro no se duerme, viene el diablo blanco, y zas!, le come una patita, jacapumba jacapumba
apumba jacapumba jacapumba.

Duerme, duerme negrito que tu mama esta en el campo, negrito,
Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito,
Trabajando;
Trabajando duramente, trabajando si.
Trabajando y no le pagan, trabajando si.
Trabajando y va tosiendo, trabajando, si, trabajando.

Y va de luto, trabajando, si, pal negrito chiquitito, trabajando si, duramente, si, va tosiendo, si, no le pagan, si.

Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito;
Duerme, duerme negrito, que tu mama esta en el campo, negrito.

Cuando pasamos de educadores a educandos

Como papá me siento tremendamente orgulloso, tengo la certeza que lo hago bien y aunque me equivoco a diario, he ejercitado aquel músculo que te permite el reconocimiento del error para buscar enmendarlo. Soy un padre orgulloso del como ejerzo mi rol, y de las hijas que me llenan. Pero eso no fue siempre igual, nadie nace sabiendo ser padre, pero son tus propios hijos/as quienes de una u otra manera, te enseñan a serlo. Soy un convencido de aquello.

Pero hay un requisito.

Conectarte con ellos, oírlos (lo que mas me cuesta y que lamentablemente, no siempre logro) no solo en lo que dicen, también en lo que quisieron decir pero no supieron, interpretarlos y finalmente, entenderlos.

Luego, ellos nos mostrarán aquel maravilloso mundo que simplemente hemos olvidado.

La historieta que me robé de no se donde (theawkwardyeti.com?), ejemplifica magistralmente lo que trato de champurrear arriba.

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Los nuevos padres y madres


Pedro Klien

Hace algunos meses tuve la oportunidad de participar en un taller de padres que dictó el colegio de mis hijas mayores, el que entre otras cosas me sirvió para verificar  que “tan mal” no estamos, que hay que corregir algunas cosas y reforzar otras, pero fundamentalmente, constatar algo que en conversación con otros padres y madres ya me iba figurando.

En medio de la conversación, donde participaban un par de psicólogas a cargo de la presentación, los padres mas comunicativos y varios profesores del colegio, brotó  la vieja y tan común comparación entre la forma de criar a la que nosotros fuimos sometidos, y la forma en que nosotros criamos a los nuestros.

El común denominador obliga a afirmar que lo viejo siempre fue mejor que lo nuevo, por consiguiente se realizaron afirmaciones como que “Antes era tan simple”, que “Las reglas siempre fueron claras” y finalmente un “No nos estaremos enroyando mucho con el tema?”, porque “después de todo, ninguno acá salio mal de la cabeza”.

O me dirán aquellos que tienen hijos, que jamás se lo han cuestionado?

Pues bien, yo lo he hecho. Y varios en la sala aquella noche también.

Efectivamente hay una nueva forma de ser padres y madres que hoy busca imponerse, la que “otorga” al niño un reconocimiento de sus derechos que en otras generaciones poco se conocía.

Pero como dijo el tío Leo (coordinador de pre básica), la diferencia está en que aquellas generaciones copiaron el modelo tal cual como lo hicieron sus propios padres, quienes a su vez, imitaron a la generación anterior.

En cambio nosotros (permitanme subirme al carro) intentamos romper con dicha herencia y para ello no contamos con un modelo establecido, vamos a ciegas, y por eso dudamos y nos cuestionamos cada paso que intentamos dar.

En lo personal creo que entre todos los factores que impulsan esta ruptura con el viejo modelo, que incluye a la mujer asalariada, la penetración de la tecnología en el hogar, la bonanza económica (y un largo etc.) destaca la integración del hombre en la tarea educativa.

Y hablamos de un grupo de personas (nosotros, los hombres) que no fuimos “educados” para ser padres (a mi mujer, <ironía>al menos le enseñaron a tejer y de economía doméstica en el liceo!</ironía>),  que venimos educados desde la vieja escuela, en un contexto social donde le macho o es un reventado bueno para el carrete, o es proveedor y ausente, asumimos este desafío armados con solo dos herramientas: un amor que no nos cabe en el pecho, y un aflorado instinto paterno.

Si, porque ahora, el hombre se permite descubrir en su interior aquello que durante toda nuestra historia se negó.

Volviendo al tema, tanto padres como madres, hemos sido llamados a asumir un tremendo desafío, aquel sueño de formar humanos nuevos, reflexivos, generosos, sensibles y conectados. Así se hacen las evoluciones.

Seguramente no seremos nosotros quienes concretemos los grandes cambios a esta sociedad, pero tal vez, sean nuestros hijos e hijas.

Entre al dormitorio contento. Mientras caminaba por el pasillo oía a Martina celebrar nuestra llegada. Habían transcurrido muchas horas desde que salimos, y se podría decir que llegábamos tarde. 9:30Pm.nido vací­o

La niña saltaba sobre la cama. Rebotaba como si de un castillo inflable se tratara.

Busqué a Emilia con la mirada. Era tarde para estar en cualquier otro sitio que no fuese mi dormitorio. Nuestro dormitorio. El de los papás. Miré hacia el costado de la cama donde debiera estar su cuna. El lugar estaba vacío. Sin Emilia y sin cuna.

Caminé hacia el velador en busca del pequeño televisor que nos permite (vía un circuito cerrado de televisión) “espiar” los dormitorios de las niñas. El de Martina. El de Emilia no era necesario. Bueno, se suponía que no lo era.

Moví las perillas que permitían mirar la otra cámara, la de la pieza de al lado. Y vi un punto negro sobre la cama. Era ella. Durmiendo.

Nuestra nana, la Vero, al ver que dilatábamos y dilatábamos el “plan-de-erradicación-emilistica”, nos hizo la vida mas fácil y cortó ella por lo sano. Sabíamos que era necesario. A Martina la expulsamos a los 5 meses. Pero la Mili ya llevaba 8 meses con nosotros. Era rico tenerla con nosotros.

Y ya nos habíamos dicho en muchas ocasiones: “Ya, este fin de semana la mudamos a su pieza”.

Pero fue fuerte y muy triste llegar a casa y ver los hechos consumados. Sin despedirnos. Sin poder decirle cuanto disfrutamos ser compañeros de cuarto.

La miramos por el monitor por largo rato… Pamela hacía pucheros. Martina no entendía que pasaba y nos limitamos a abrazarla.

A la hora la fuimos a arropar y a darle su beso de buenas noches. Usualmente soy yo quien lo hace, pero la Pame necesitaba ir también.

Esa noche me quedé despierto hasta tarde. A la 1AM Emilia perdió su chupete y despertó. Subí raudo a salvarla del inmisericorde síndrome de abstinencia. Me miro con sus ojos enormes mientras me acercaba y recogía de entre las sabanas aquel adictivo adminículo infantil.

Le puse su chupete y me lo agradeció con la mirada. Me di la vuelta para salir y al darle la espalda siento un gruñido de protesta. Me devolví a su lado y me estiro sus bracitos.

Que diablos, mañana dormirás en tu cuarto.

La tomé en brazos y bajamos juntos. Abrazados. Regaloneándonos. Teníamos mucho que contarnos, el día había sido largo y no había tiempo que perder. Había que recuperar el tiempo perdido.
Mañana dormirás en tu cuarto.