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Fuentes llenas de uvas

Rubén Guzmán, tata coco.

Rubén Guzmán

Te fuiste viejo, te fuiste, y ni cuenta te diste.

Te apagaste como si te hubiesen cortado la luz por no pagar la cuenta. De un momento a otro, sin aviso ni despedidas.

Te fuiste tranquilo, discutiendo por nimiedades, eso que tanto te entretenía. Te fuiste acompañado de tus hijas que te lloraron como niñas a quien el papá deja en la escuela. Te fuiste en tal desconcierto de tu mujer que no entendía que pasaba hasta que cayó en cuenta que las niñas se abrazaban en lagrimas.

Te fuiste y nadie entendía porque. Te fuiste con apenas 92, con las rodillas y cadera tan malas que no te dejaban caminar sin tu burrito. Pero eso nunca fue un problema, porque tardar media hora en llegar a la esquina siempre fue un detalle insignificante.

Se fue el “pito”€ – por papito; no me lo imagino fumándose uno- , el “œtata coco”€, el abuelo que tanto nos enseño. El abuelo que jugaba con nosotros de niños, que nos enseño a construir con madera, dibujar sobre ella y luego a punta de serrucho arrancarle pistolas, hondas, autos y tanta cosa que hace uno cuando aún le cuelgan los mocos.

El abuelo que con algo de paciencia nos enseño a construir volantines y era un seco con el trompo. El abuelo que jugaba a la pelota, que de joven fue futbolista, basquetbolista y boxeador.

Se fue el viejo pinochetista hasta las recachas, anti comunista y que le compró todo a la dictadura, pero que cuando se dejo barba nos deleitamos diciendole que se parecía al Che Guevara. Te fuiste viejo querido y nos dejaste a todos tratando de reprimir las lagrimas.

Te fuiste y ya no le llevarás fuentes llenas de uvas a la abuela. Te fuiste y ya nadie recogerá las nueces y los duraznos del patio. Te fuiste y ya nadie andará sapeando con los prismáticos bajo excusa de buscar ladrones en la calle. Te fuiste y ya no oiremos la música clásica que siempre sonaba en la terraza. Te fuiste y estoy seguro que aún te ríes de nosotros que te extrañamos. Te fuiste y nos hiciste llorar a todos. Te fuiste y te ríes.

Te fuiste y lo aseguro, te ríes porque ha sido tu máximo chiste.

Ese momento entre la noche y el día

Noche

Jueves, 2:35am.
Cierro el laptop luego de una jornada maratónica tratando (en vano) de arreglar un entuerto que provocan las tecnologí­as que tienen mas de 15 años y que fueron reemplazadas hace mas de 10, justamente porque provocaban problemas como los que hoy intento (infructuosamente) corregir. Pero bueno, me pagan por eso.

Jueves, 2:45am.
Caigo rendido sobre mi cama tras monitorear la temperatura de 2 de mis hijas que han tenido fiebre los últimos dí­as.

Jueves, 4:25am.
Suena mi celular, adormilado veo que es mi madre quien llama.
– Mama?
– Hijo, no me dijiste que vendrí­as por mi a las 4?
– No era a las 4 de la tarde?
– No, mi vuelo sale a las 6 y media de la mañana.
– Ok, salgo altiro.

Jueves, 4:33am.
Subo al auto, que está prácticamente arrinconado entre la camioneta del vecino y una minivan. Maniobrar en espacios reducidos habiendo dormido solo un par de horas no es fácil, pero logro sacar el auto sin ví­ctimas.

Jueves, 4:44am.
– Mamá, estoy llegando a tu casa.
– Ya, salgo.

Jueves, 4:46am.
– Gracias hijo.
– Sorry, no sé porque asumí­ que era en la tarde.
Cojo su maleta, la lanzo al porta equipaje y vuelvo al volante.
– Bueno, igual llegaremos a tiempo.

Jueves, 5:15am.
Saco la maleta, y caminamos hacia la fila del checkin. Luego un café, un mufflin y algo de conversación sobre las nietas y los nietos.

Jueves, 5:37am.
– Son $2.100.-
– Tome.
– ¿Tiene los $100?
– Claro.
– Gracias.
– Gracias a ti.

Jueves, 6:03am.
Suena Rage Against the Machine en la radio, subo el volumen al máximo, golpeo el volante y escupo frases en ingles del tipo “€œOpen English” a todo pulmón. Necesito repeler cualquier atisbo de sueño.
Por la ventana veo un carro del metro lleno de gente. ¿De donde salió tanta gente?.

Jueves, 6:18am.
– ¿Papá¡!?
– ¿Amor?
– Me asustaste papá¡!!, estaba soñando con esa cosa fea que me dijo la Martina y tus ruidos me asustaron.
– Lo siento amor, sigue durmiendo.
– ¿Donde estabas?
– Que duermas te digo.

Jueves, 6:23am.
Vuelvo a monitorear temperaturas. Sin fiebre.

Jueves, 6:28am.
Me dejo caer sobre la cama. Julieta reclama por el movimiento. Pamela le hace arrurrus para que siga durmiendo.
– ¿Todo bien?
– Si, sin fiebre.

Jueves, 8:03am.
Logro abrir un ojo. veo la hora, es tarde. Julieta está pegada a mi espalda. Salgo de la cama intentando no hacer ruido. Pamela está en el baño.
– Te puedo acompañar?
– Porque te levantaste?
– La Marti tiene médico.
– Verdad.
– ¿Esas toallas están secas?
– Si, son para ti.
– Gracias amor.
– ¿Noche del terror?
– De las mejores.

Jueves, 8:12am.
– ¿Es algo corta esta polera o no?
– Emmm… si.
– Veré otra.
– ¿Puedes despertar a la Martina mientras termino de vestirme y le preparo desayuno?
– Estoy algo atrasada pero bueno.

Jueves, 8:35am.
– Martina, péinate esa chasca y vamos que estamos muy atrasados!

Jueves, 8:42am.
– Julieta está con fiebre, tiene 38,8.
– Que le darás? Lertus?
– No, prefiero paracetamol. Puedes llamar al fono doctor para estar seguros de la dosis?

Jueves, 8:48am.
– Te pusiste el cinturón?
– Si, ya estoy lista. Tengo frí­o.
– Encenderé la calefacción.

Jueves, 9:01am.
– Que número tenemos?
– El C-039, faltan solo 3.

Jueves, 9:16am.
– Cuéntame Martina, ¿como te sientes?
– Bien.
– Entonces viniste porque te sientes bien? o porque estás enferma?
– Je, porque estoy enferma.

Jueves, 9:48am.
– Hola, necesito el primer remedio de la receta, idealmente un bioequivalente.
– Emmmm.. Ese no existe bioequivalente para estas gotas, solo estas dos marcas, pero no las tenemos.

Jueves, 9:55am.
– Hola, necesito el primer remedio de la receta, pero bioequivalente.

Jueves 10:08am.
– Hola, necesito el primer remedio de la receta…

Jueves, 10:12am.
– Hola, necesito el primer remedio…

Jueves, 10:15am.
Por chat:
– ¿Me puedes contar como les fue??!!
– Luego, ocupado.

Jueves, 10:17am.
– ¿Te pusiste el cinturón?
– Si, ya estoy lista.
– Bien.
– No me quiero hacer ese examen… ¿y si vomito?
– No va a ser necesario que te lo hagas, y si vomitas no hay problema.. se limpia y listo.

Jueves, 10:25am.
Entramos a casa, Julieta ya sin fiebre.

Jueves, 10:27am.
– Marti, deja de pestañear para que te pueda poner estas gotas!

Jueves, 10:28am.
– Hola, ahora te cuento como nos fue.
– Te escucho.

Jueves, 10:34am.
Tomo la taza de café y las tostadas que aún tienen mantequilla sin derretir, subo las escaleras hasta mi oficina. Muevo el mouse y el inicio de sesión se muestra como un portal a un lugar distinto.

Un lugar donde la vida se congela. Un lugar donde es la vida la que entra en stand-by.

El adiós del poeta

Cuando era niño, no recuerdo bien que edad pero debo haber tenido unos 9 años, mi mamá me llevo a conocer y despedirme de mi bisabuelo. Postrado en cama, incapaz de reconocer a su nieta, el anciano rondaba los 94 años. Poeta y una especie de leyenda en la familia tanto por su longevidad como por su facilidad para dejar descendencia. Mas de 20 hijos y varias señoras.

Mi Abuelo

Sergio Martí­nez Jacobs.

La tarde del Martes 21, llevé a mis hijas menores a despedir a mi abuelo Sergio, hijo del hombre del primer párrafo. Funcionario del Servicio de Impuestos Internos por largos años pero principalmente poeta y un ferviente adorador de Dios.

Este poeta, nuestro poeta, el 21 de Enero a las 21:50, a los 85 años, rodeado de su familia, logró aquel ascenso a un nuevo plano, aquel que tanto anhelaba.

Nunca me ha gustado la poesía. No se si fue mi forma de revelarme a él (porque en esta familia durante la adolescencia te revelas a tus viejos y al tata), o solo por cuestión de gustos. Hombre de hablar parsimonioso, no tan serio como de un humor demasiado elevado para cualquier hijo de vecino. De sobremesas dominicales densas donde se habla solo de temas de extremada altura, se leí­a poesía y de espiritualidad, para luego pasar al piano donde junto a mi abuela cantaban su amor.

De una espiritualidad inmensa, Subud y el latiham fueron su camino.

Mi abuelo fue siempre un excéntrico intransigente (por decir lo menos), lo recuerdo apagando el calefont mientras mis primas se duchaban, lo recuerdo apilando en el patio un cerro de papeles, periódicos, desechos, muebles, ropa vieja y otros desperdicios para luego (horror de los vecinos) prenderles fuego. Lo recuerdo colgando la bandera belga junto a la chilena en fiestas patrias.

Te recuerdo en uno de mis momentos mas incomodos cuando a mis 19-20 años quisiste hablarme de sexo y amor, como el padre que para muchos de mis primos fuiste. Te recuerdo en tus silencios y contemplación. Te recuerdo en tus proyectos y

su forma de escribir poesía

Te recuerdo en la carta que me diste el día de mi matrimonio, donde nuevamente quisiste enseñarme aquello que mi bruta, impulsiva e impertinente juventud me negó entender.

Te recuerdo en el abrazo que me diste la semana pasada, cuando junto a mi nanita te llevamos al médico. Llevabas una semana sin hablar y al salir del baño, me diste un abrazo de saludo, que también fue de agradecimiento, para terminar siendo un abrazo de despedida.

Te recuerdo en Julieta. Mi hija menor. Que aún no entiende porque ha partido su tatita pelao que acababa de re-descubrir. Lo maravilloso es que ella aún te recuerda de cuando volaban como pajaritos, en el cielo.

Y allá nos veremos poeta incansable. Porque si hay una lección que he aprendido de ti, esa es tu incansable lucha y amor por aquello que te apasionó. Solo espero la próxima vez, estar a la altura del caminante iluminado.

Grandes momentos deportivos

La foto la obtuve del Web Album de Egre81.

Debo haber tenido unos 15 años y era un entusiasta de los deportes. Practicaba basquetbol, voleibol y atletismo. Por mi contextura fí­sica (1.70 1.69 mts y mas bien “anchito de espalda”…) mis amables entrenadores me destinaban a lo que me parecí­an labores menos destacadas dentro del deporte en cuestión. Osea: levantador en volei, armador en basquet, y lanzador de cosas (bala, disco y jabalina) en atletismo.

Siendo franco, un deportista destacado nunca fui, pero me alcanzó para figurar dentro de los equipos titulares. Nunca brillé al interior del equipo, fui del montón, hasta que el destino me dio la oportunidad.

Competía en un campeonato comunal en el estadio de La Florida, y luego de participar en las disciplinas que suponían ser mi especialidad pero donde nunca gané ningún reconocimiento (bala y javalina), me quedé vagando sobre el pasto viendo al resto de mis compañeros intentar sacar la cara por el colegio. Y la verdad, no lo hacían muy bien que digamos. En tres palabras, barrí­an con nosotros.

Y en eso estaba, aburrido, cuando el profesor de educación fí­sica (en reemplazo de nuestro entrenador de atletismo, que a su vez era el profesor de Música y que por algún motivo no fue aquel sábado) me llamo para conversar a un costado de la cancha.

De aburridos (uno se aburre de tanto esperar para perder), estaban armando un grupo para correr la posta 4×4, es decir, 4 personajes corriendo cada uno 400 metros, lo que es una vuelta a la pista. Para quien no ha corrido nunca los 400 metros le informo que es una carrera de velocidad.

Su idea era formar conmigo y otros tres el equipo para postas, compuesto finalmente por solo un velocista (para los últimos 400 metros), un fondista (que corrió los primeros 400), un lanzador (yo, que corrí tercero) y un principiante que duró 2 semanas en el equipo y se retiró.

En este tipo de circunstancias uno se repite incesantemente y a modo de motivación la famosa frase “lo importante es competir”. Como varios nunca habiamos corrido postas (así­ como cualquier otro tipo de carrera a nivel competitivo), nos dedicamos unos 10 minutos a entrenar el pase del palito (testigo) de uno a otro. Es toda una ciencia, porque si el testigo cae, hasta ahí­ llega el equipo.

Minutos después el fondista se preparaba para comenzar nuestra odisea. Suena el disparo y vamos corriendo. Hay que perdonar al fondista, las carreras de velocidad están lejos de ser su territorio. Al finalizar sus 400 íbamos últimos y nos sacaban unos 10 metros de ventaja.

Al fondista le siguió el novato, que casi pierde el testigo en el traspaso. No lo hizo tan mal, solo nos aventajaron 15 metros más.

Y vino la parte mas trágica. El “anchito de hombros” encabezaba las apuestas para aumentar la distancia a 50 metros. Toda la hinchada que miraba desde las gradas había abandonado las esperanzas.

Durante la semana que siguió a la carrera, el entrenador hizo la siguiente reflexión: “Es curioso como los de patitas cortas las mueven tan rápido”.

Comencé a correr a todo dar. Se me iba la vida en ello, zancadas largas y rápidas, que poco a poco fueron estrechando la distancia con quien me antecedía, hasta ponerme a su lado, para luego dejarlo atrás. Así­ les fui dando caza uno a uno, y de paso quemando toda reserva de energía cuando aún quedaban 100 metros y 3 corredores aventajándome.

Terminando la 2 da curva con 80 metros por delante, siento que las piernas, los pulmones y la cabeza no me dan mas. Los oídos tapados, la mirada turbia por la transpiración que me inunda los ojos y el mareo del agotamiento extremo. Siento trastabillar.

Fue en ese instante cuando me puteo a mi mismo y obligo a mis piernas a quemar los músculos si fuera necesario para recorrer el tramo que queda. Da lo mismo llegar 4to, cuando lo importante es llegar.

Fotografía vía Historia del Atletismo

Fotografía ví­a Historia del Atletismo

Aprieto y no aflojo el paso, mientras los otros no lograban ocultar el cansancio, pasé al 3er puesto, y poco antes de entregar al testigo, pasé al 2do. Por delante y con gran ventaja, quien resultara ganador indiscutido disfrutaba del buen trabajo de su equipo.

No pude sentarme durante varios minutos. Necesitaba estar de pie para que los pulmones atraparan todo el oxigeno que les fuera posible y así­ normalizar todo el sistema.

Terminamos 2dos la carrera, y el equipo completo (mucho mas que los 4 que corrimos) corrieron a celebrarnos, en especial a mí. Fui la estrella aquella tarde y la semana de entrenamientos que le siguió.

Luego de ese año no volví a competir, pero lo cierto es que aprendí algo muy importante de mi personalidad: Mis segundos aires son de puta madre.